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Escritura Creativa
Anti Apocalipsis

 
Newsletter semanal para sobrevivir la cuarentena

Un tobogán de muchas cosas

Hace varios días que vengo pensando en qué decirles. No quiero mentirles, por supuesto que queda mucho más por contar, pero hoy no puedo. Pensé que quizás, justamente, podía usar esta oportunidad para enseñarles la mejor lección que aprendí en cuanto a la escritura, que es aceptar la pérdida del control.
La escritura no funciona con algoritmos, no podemos predecir un resultado. Siempre digo que conocer a nuestros personajes es como conocer a un chico que nos gusta, al principio no tenemos idea de quién es y obligarlo a que se amolde a nuestras expectativas es casi siempre una rampa al fracaso. A veces creemos que nuestros personajes van a actuar de alguna forma en particular y planeamos todo en torno a eso. Pero claro, nuestros personajes crecen, muestran su verdadera misión y eventualmente nos piden que dejemos de romperles las pelotas, como un hijo de una película de Disney que le dice a su papá "no estoy tirando mi sueño a la basura, estoy tirando el tuyo". Es cierto que como escritores podemos hacer que nuestros personajes hagan lo que nosotros queremos, y si son como yo y tienen un problema con aceptar cuando las cosas escapan a su control, aprovecharse de esto puede ser una idea tentadora. Más en una situación como la actual, en la que nada depende de nosotros, es lindo pensar que la vida de un puñado de personas (reales, les juro que nuestros personajes son reales) está a la merced de nuestra voluntad. ¿Pero de qué nos sirve hacer eso si después el resultado es lisa y llanamente una cagada?  Harry Potter nos enseñó que no se deben usar las pociones de amor y sin embargo hay muchos que siguen intentando forzar la voluntad ajena mediante gualichos o quizás sólo algunas manipulaciones en su propia personalidad. No dudo que aquellas personas logren lo que se proponen, pero estoy segura de que no consiguen realmente lo que quieren. Con la escritura, pasa un poco lo mismo. Si lo forzamos, el corazón se desconecta, el alma se va, queda una cáscara bien planificada y vacía. Piensen en How I Met Your Mother, que definitivamente terminó como los escritores habían planeado hacerlo y dejó miles de fanáticos enojados porque el sentido se había perdido. No sé si la vida me enseñó a aceptar lo impredecible de la escritura o si la escritura fue la que me mostró cómo resignarme sin sufrir. La vida es cíclica; todo vuelve, y todo termina llegando de alguna manera. Descubrir eso también me enseñó que si no es ahora, quizás sea más adelante, de otra forma, en el tercer acto que todavía no se nos puede ocurrir.
Creo que a esta altura ya se están dando cuenta a dónde quiero llegar, pero para no adelantarme, voy a hablarles un poquito de un ejercicio que usé el otro día y me sirvió bastante. Mi profesora me hizo escribir una oración que empezara con "la escritura es" e incluyera la palabra "alien". Yo dije que la escritura es como un dibujo de un alien. Podría ser de cualquier manera, pero nosotros insistimos en que tenga la frente ancha y la pera puntiaguda, con ojos grandes que son pura pupila y la piel de un tono gris sucio. Los aliens podrían ser de cualquier manera pero estamos tan acostumbrados a las interpretaciones ajenas que perdimos la capacidad de inventar las nuestras. La escritura es un dibujo de un alien, podría ser cualquier cosa pero insistimos en que tenga párrafos bien ordenados, sangrías, puntos y comas cuyo uso defendemos como si el orden mundial dependiera de eso. Estamos acostumbrados a conflictos imposibles de resolver y a resoluciones satisfactorias que nos permitan dormir de noche. Y como las historias marcan la cancha de la vida, cuando todo marcha bien en nuestro día a día nosotros indefectiblemente esperamos un golpe de mala suerte y después un desenlace exageradamente pegajoso. Somos personas criadas en el drama, viviendo dramas, escribiendo dramas. Y yo no digo que todo sea fácil, que no se sufra, que las tragedias no ocurran. No necesité una pandemia para verle la cara al horror y creo que a muchos de ustedes les pasó lo mismo. Pero, me pregunto, ¿por qué insistimos en vivir en películas que nos harían llorar? ¿Por qué insistimos escribiendo historias que nos hacen sufrir? Otro de los ejercicios que tuve que hacer fue escribir qué parte de mi creatividad necesitaba más libertad. Tuve que escribirme a mí misma, poner "Hola, Juani," y decirme eso que pensé que ya me había dicho hace rato. Aparentemente no lo sabía, porque la epifanía me golpeó el pecho. Descubrí que estoy cansada de las complicaciones, de lo complejo, de lo dramático. Estoy harta de rechazar algunas historias porque me parecen facilistas, sólo porque no hay un giro inesperado al final. Ya tuve demasiados giros inesperados, ¿por qué estoy sometiendo a mis personajes a esto? La escritura es como un dibujo de un alien y creo que estoy lista para hacer el boceto que yo quiero hacer. ¿Qué boceto quieren hacer ustedes?
La escritura es como el boceto de un alien y puede ser cualquier cosa que nosotros queramos y no tiene por qué respetar a esos que dicen que los párrafos no pueden estar hechos de una sola oración interminable porque, en realidad, cuánta razón tienen esas personas, me pregunto, y creo que no mucha, porque escribir siempre está bien mientras transmita y llegue al otro y miren ustedes cómo yo estoy poniendo palabra tras palabra, palabra tras palabra, repitiendo lo que digo para bajar el ritmo así pueden alcanzarme y tomar aire sin necesidad de un punto y ahora les pregunto si están listos y ustedes me contestan que sí, claro que sí, y volvemos a arrancar como cuando mi amigo Tomi me saca a correr y yo me quedo sin aire y me grita para que siga porque sabe que puedo seguir y yo sé que ustedes pueden seguir y que me entienden cuando digo que la escritura es el dibujo de un alien, que depende de nosotros negarnos a que sea siempre lo mismo, que mientras conozcamos las reglas vamos a saber cómo romperlas y vamos a poder dibujar un alien de color gris sólo si eso es lo que sentimos, pero si no siempre podemos hacerlo de color amarillo, o verde, o rosa, cualquier cosa que nos haga sentir bien, así como estoy haciendo yo con este párrafo que es en realidad una sola oración, un tobogán de muchas cosas, una representación de todo lo que quiero explicarles cuando les digo que la escritura es, en serio, lo que ustedes quieren que sea.
Esta edición del newsletter no tiene la forma de todas las demás. No tiene apartados, ni ejercicios claros que yo les deje para que se inspiren, ni una historia autorreferencial que ni siquiera sé si les sirve escuchar. Es un golpe de honestidad, porque necesito ser sincera y decirles que hasta acá llegué con esta forma de llegar hasta ustedes. Por dos meses llegué a sus casillas todos los viernes y no creo poder seguir haciéndolo sin forzarme a mí a escribir algo que no siento y a ustedes a leer algo que no tiene alma. No voy a abandonarlos, porque sería abandonarme, pero sí voy a pedirles un tiempo y voy a volver a aparecer recién en quince días. Creo también que ya no necesitan este newsletter para sobrevivir la cuarentena, porque aunque esta siga, sé por lo que me han venido contando que ustedes aprendieron a sobrevivir solos.
Quizás sea ilógico hacer tanto espamento por una semana de diferencia, pero yo no puedo soportar pensar que la gente que no me tiene vive bien sin mí. Me cuesta aceptar que quizás alguien no me extraña. Perdón, soy así, entreténganme aceptando estas palabras, yo voy a recompensarlos. Quiero dejarles dos cosas para que se sientan acompañados en mi ausencia. La primera es una serie de recomendaciones de cosas que me hicieron mejor escritora, para que estudien solitos en este tiempo:
- Leer Mientras Escribo de Stephen King y Libera tu Magia de Elizabeth Guilbert.
- Mirar La La Land y entender que el final es fiel a Mia y a Seb, no a nosotros.
- Mirar The Kissing Booth y explicar por qué es mala.
- Escuchar mis canciones favoritas y sentarme a leer sus letras e imaginar una historia alrededor de ellas.
- Aprender un poco sobre pintura del siglo XX y elegir cuál es mi pintor favorito y por qué.
- Leer poesía que no entiendo y poesía que sí entiendo.
- Abandonar Jane Eyre porque no me daba la cabeza y comprarme un libro que pude leer concentrada.
- Leer guiones de cine. (Estoy empezando, es mi nuevo hobbie, y me encanta.)
- Leer sobre escritura, hablar con escritores.
- Volver a leer libros de cuando era chica.
- Leer sobre filosofía.
- Aprender las reglas del fútbol.
- Leer fan fiction de mis bandas favoritas.
- Tener sesiones con tarotistas.
- Aprender a coser.
- Escuchar un álbum instrumental.
- Salir a correr.
- Tener un diario.
- Tomar clases de teatro.
- Enamorarme de alguien que no se enamoró de mí.
- Enamorar a alguien de quién no me enamoré.
- Leer sobre astrología.
- Escribirle cartas de amor a cuanto chico me haya gustado.
- Escuchar las historias de la gente. Realmente escucharlas.
- Hacer un taller de stand up.
- Mirar Sex and the City entera pero ANTES leer el resumen de todos los episodios en la página oficial de HBO. La primera temporada tiene resumenes cortos, pero después empiezan a crecer.
- Annie Hall. 
- Zadie Smith, Lauren Groff, Milan Kundera, Sophie Kinsella, Carrie Fisher (sí, tiene una novela!)
- Contarle a mis amigos que escribo. Mostrarles lo que escribo. 
- Ir a la psicóloga.
- Renunciar a un trabajo.
- Ser profesora.
- Ser recepcionista.
- Ese chico del que me enamoré en 2010 que me hizo escuchar The Cure y después me rompió el corazón pero sí, me hizo escuchar The Cure.

Lo segundo que voy a dejarles es un texto que escribí hace ocho años. Hoy, cuando tenía que ponerle un título al newsletter, se me ocurrió usar uno que ya había usado antes. Fui a buscar el origen de ese tobogán de muchas cosas, pensando que quizás mi vergüenza no iba a permitirme leer más allá de la segunda oración, y me llenó el corazón encontrarme con que quizás hace ocho años escribía peor de lo que hago ahora, pero sabía tranquilizarme  a mí misma con más efectividad que en plena pandemia. Acá va:

Me cuesta hacer de mi vida algo productivo en este momento. A pesar de que siempre me opongo a simplemente retozar sin generar nada, ahora no puedo hacer otra cosa. Es que ahora está todo muy bien, o está todo muy mal. Está todo muy lleno o muy vacío. O muy gris y uno ya no sabe donde carajo está parado. Quiero saber donde estoy parada todo el tiempo. Es lindo flotar, pero marea. Prefiero comprarme una colchoneta inflable y tener mis momentos de liviandad contabilizados. A veces siento que me aferro mucho, que estoy demasiado enraizada en el suelo, y no conviene. Las cosas cambian, no se puede tener el mismo modus operandi con todas las personas. Estoy acosutmbrada a ser la luz de los ojos de algunos, y la pizza fría de un domingo para otros. Es difícil ser ambas cosas sin mezclarse. Amo incondicionalmente a aquellos que me dejan cambiarles la vida y hacérsela más feliz. Detesto profundamente a esos que le metieron a mi subconsciente la enfermiza idea de que yo estoy diseñada para que me lastimen, y que me la tengo que bancar porque así es todo. No sé si es así todo, capaz es a veces. No puedo evitar desconfiar de vos, y de vos también.  Creo que el alma tiene memoria, por más de que superemos y olvidemos y el tiempo pase. Todo resurge en algún momento, como un deja vu de sentimientos. A veces el alma se acuerda de cosas feas en un momento al azar, y terminamos llorando en un colectivo por algo muy 2010.  Está bueno igual que algo quede, dejamos mucho de nosotros en las relaciones como para que después nada nos sea retribuido. Yo quiero creer que cada tanto alguien se acuerda de mí. Quiero creer que no llora, si no que se ríe, y capaz hasta se pregunta si estoy bien y le dan ganas de darme un abrazo. A mí me dan ganas de dar algunos abrazos, pero ya fue todo hace rato y capaz no queda nada para mí del otro lado. Ojalá quede algo para alguien más, aunque sea, me pone triste pensar en gente marchita y vacía.  Ojalá que queden muchos abrazos por dar en el futuro. Abrazos llenos de “te quiero mucho, me alegra que seas feliz”. Abrazos entre vos y yo, entre vos y ella, entre ella y él, entre quienes todavía quede algo de amor y respeto. Ojalá.

Nos vemos en dos semanas.

Los quiere,

Juani

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