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Escritura Creativa
Anti Apocalipsis

 
Newsletter semanal para sobrevivir la cuarentena

¿A quién le importa? 

Hola de nuevo, mis ángeles. No es que sean míos, pero se entiende. ¿Cómo están? ¿Están usando sus quince minutos diarios para hacerse bien? Espero que sí y que disfruten el rato que les lleva leer este newsletter. Después del último número, que fue bastante pesado, hoy tenemos una versión un poco más relajada. Pueden tomarse un mate mientras se dejan llevar por mis palabras, no es necesario que se ayuden con una cerveza o una copa de vino. Les prometo que hoy van a estar a salvo.
En el newsletter de hoy vamos a hablar de un tema que afecta no sólo nuestros hábitos de escritura (y de vida) sino también la calidad de lo que escribimos: la relevancia, la importancia de que importe lo que decimos. Pero claro, como la vida modifica la escritura, la escritura también modifica la forma de vivir. A esta altura ya se habrán dado cuenta que si queremos ser escritores, tenemos que leer como escritores, analizar a las personas como escritores, observar como escritores. De la misma forma, tenemos que ver la relevancia de los acontecimientos como escritores y, valga la redundancia, darle a esa relevancia la relevancia que merece. ¿Ya los estoy mareando? No teman, vamos de a poco.
Cuando yo era chica, mi mayor preocupación era mi adicción a la mentira. Claro que no era esa mi verdadera patología, sino la forma en la que yo veía mi entusiasmo por contar historias. Mis amigas de la infancia me decían que tenía una capacidad asombrosa para convertir una gota en un charco, para exagerar lo simple y convertirlo en extraordinario. Mi mamá hasta el día de hoy recuerda mi total y completa negación a tener una vida normal. Si yo iba al parque y quería después contarle a mi abuela cómo la había pasado, tenía que inventar un accidente que no había sucedido, una conversación con otra nena que en realidad no existía, una resolución especial para lo que había sido una tarde común y corriente. Siempre me opuse a tener una existencia común y corriente. Por suerte, con los años aprendí a transformar esos hábitos en entidades más honestas, antes de que mis afectos me catalogaran como una mentirosa patológica. Hoy, como descargo mi imaginación contando historias de ficción, sólo agrego un detalle de color cuando relato lo que me pasó la noche anterior. Pero si ustedes creen que mi determinación a vivir una vida extraordinaria se terminó, están muy equivocados.
Escribiendo entendí algo que en realidad siempre supe y es que mi vida no le importa a nadie tanto como a mí. Cuando crean que hay personas anónimas opinando sobre ustedes, sepan que, incluso si es verdad, son muchas menos de las que ustedes piensan. Sólo en nuestra vida somos el centro alrededor del cual gira el mundo y eso no es deprimente, sino esperanzador. Nuestra historia más importante es esa que llevamos día a día y nuestros lectores ideales somos nosotros mismos. Esta noción es la que a mí me ha moverme a través de corrientes que quizás hubiese evitado si hubiese estado intentando hacer feliz a alguien más o, peor, creyendo que mi existencia era irrelevante sólo porque a nadie más le importa. Justamente, porque yo soy la única que vive conmigo misma día tras día y la única que puede dirigir a mi propio personaje en sus aventuras, decidí dar saltos irresponsables porque sí, porque yo me lo merecía. Todo lo que hice en mi vida (irme a vivir a otro país, hacerme un tatuaje de Darth Vader en la muñeca, escribirle una novela entera a un chico del que estaba enamorada), lo hice porque había una historia que quería poder contarme a mí misma, porque me negué sistemáticamente a que mi existencia no le importara a nadie, entonces hice que por lo menos me importara a mí.
En esta cuarentena los días son todos iguales, lo cual para una sagitariana como yo puede ser insoportable. Y sí, por supuesto que me siento engañada, porque yo sacrifiqué muchas cosas para estar en un lugar donde me pasaran cosas, buenas o malas pero cosas al fin, y ahora estoy mirando la pared a punto de volverme loca, sintiéndome mal por no estar en Argentina con mi mamá y estar gastando mis días en una ciudad que ni siquiera se siente como Londres. ¿Dónde están mis tardes en el parque contemplando la existencia? ¿Dónde están mis noches cruzando el Támesis en un auto que va más rápido de lo que debería? ¿Dónde están mis mañanas yendo a desayunar de la mano con un chico que conocí la noche anterior? ¿Dónde está mi vida?
Mi vida sigue estando acá, conmigo. Mi vida está donde estoy yo.  Si yo veo mi historia como una que puede aparecer publicada en un libro, tengo que reconocer que hay momentos que cualquier lector pasaría de largo o quizás harían que la novela quedara olvidada en una mesa de café. Y claro que siempre pasa, no podemos hacer que un trabajo de oficina sea constantemente interesante, pero en esta cuarentena el nivel de irrelevancia al que llegó mi existencia se hizo bastante preocupante. Y miren cómo digo relevancia y no productividad, cómo hablo de interés y no logros. No, no confundamos ser productivos con ser felices, no confundamos una vida de trofeos con una vida trascendente. La verdadera felicidad no siempre es algo que podemos compartir en Instagram y la mayoría de las veces va a ser algo que, perdonen mi francés, le va a chupar un huevo a un espectador externo.
Decidí que esta semana iba a ser importante para mí, que no iba a ser una semana más en cuarentena. Claro que algunas cosas ayudaron. Los lugares en mis talleres de escritura se agotaron, mi amiga Lucila me compartió una masterclass muy interesante y compramos mortadela en el almacén. Pero gran parte de mi semana giró en torno a lujos y regalos que yo decidí darme. Y ojo, no estoy diciendo que compré un pasaje para irme a Indonesia cuando esto termine y me rapé la cabeza a cero. Aunque sí, me tení de colorado, pero esa es otra historia. Mi relevancia, eso que hizo que yo, la única lectora de mi vida, quisiera seguir leyendo de qué se trataba, apareció en las cosas más mínimas. Ya he vivido períodos de sequía emocional y el proceso de riego siempre es igual. Primero, acepto mi realidad. Estoy en cuarentena y estoy aburrida. Si me intento convencer de que este el mejor momento de mi vida, no voy a hacer nada por mejorarlo. El humano actúa frente a la tensión. Si no reconozco mi tensión, no hay acción. Una vez que veo a ese aburrimiento a la cara, lo decoro con simpleza, dando importancia a lo que ya tengo. Me detengo a tomar un baño de inmersión escuchando un disco que me encante, me detengo a meditar, me detengo a comer la mortadela en más de dos bocados. Me detengo, miro a mi vida con atención, le doy relevancia sólo reconociendo que existe.
Me gustaría que ustedes intentaran usar esta semana para ser los actores en su propia película, los personajes en su propia novela. Generen un interés por sus días. Háganse regalos. En el próximo apartado les voy a hablar de la relevancia aplicada a la ficción, pero por lo pronto, quiero que lo apliquen a su vida. ¿Por qué? Porque el primer borrador de lo que ustedes escriben, tal y como sucede con lo que le pasa en su vida diaria, no le importa a nadie más que a ustedes. Para que ustedes se animen a escribir esas historias, a invertir horas sacándole brillo, a convertir una idea en arte, primero tienen que tener el ejercicio de existir sin validación externa. Esta semana, existan extraordinariamente, por y para ustedes. Después me cuentan cómo les fue, siempre me gusta leerlos en mi bandeja de entrada.

El arma de Chekhov

Sólo un hipócrita podría teorizar sobre la escritura. Como profesora, me encuentro una vez más atrapada por la tarea insoportable de ser el arquero de los propios goles que intento meterme a mí misma. Pensé que eso había quedado atrás cuando dejé de enseñar inglés, pero se ve que no. "Ojo, esto es relativo, siempre hay excepciones", repito después de haber dicho algo que mis alumnos anotaron con una mano frenética, rogando que no se les escape la piedra angular de la que parte la excelencia. La realidad es que, así como no todos los verbos se conjugan con la misma terminación, no todas las reglas de la escritura se aplican con la misma frecuencia o se respetan con la misma solemnidad. Por eso, digo mientras me pongo los guantes y me preparo para atajar, cualquier cosa que yo les proponga en este newsletter como un saber absoluto puede encontrar su refutación en un párrafo increíble escrito por un autor valiente. Y sin embargo, acá estoy, tirándoles más y más conceptos que simulan ser universales y proponiéndoles que los usen, aunque sea para probar si los resultados los hacen ser felices. Hoy voy a hablarles de uno de ellos, el que en mi opinión casi siempre se convierte en gol o como mucho pega en el palo, el arma de Chekhov.
Anton Chekhov, dramaturgo y escritor de relatos cortos, dijo algo que hasta el día de hoy se comenta por los pasillos de las favelas caóticas que tenemos los escritores en nuestras cabezas:

"Elimina todo lo que no tenga relevancia en la historia. Si dijiste en el primer capítulo que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero este debe ser descolgado inevitablemente. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí."

A esta altura ya sabemos que siempre hay excepciones, pero esta es una regla bastante sólida. ¿Por qué? Por lo mismo que les dije en el apartado anterior. La relevancia se complementa con la atención. Yo sólo considero relevante eso que hoy captura mis sentidos. Como seres humanos, nosotros elegimos qué mirar, qué escuchar, qué estímulo recibir. Como lectores, no tenemos esa libertad. Es el escritor el que nos lleva de la mano, nos señala un par de lentes sobre la mesa, nos hace notar el olor a pan casero en la cocina. La lectura, incluso más que la escritura, es un acto de fe. Yo confío en que este escritor me va a llevar a donde tengo que llegar, yo confío en que mis dudas se van a disipar, yo confío en que el tiempo preciado que estoy dándole va a ser recompensado con un camino a través de oraciones floreadas o quizás una noche de despedida de fuegos artificiales. Para ser escritores sólo alcanza con escribir, pero seríamos mentirosos si no dijéramos que queremos que nos lean. Ahora, imaginen que ustedes creyeron en la diosa de la creatividad y se sentaron a escribir una historia con diligencia y responsabilidad. Imaginen que la diosa de la creatividad confió en ustedes y les fue dando ideas cuando se quedaban trabados. Imaginen que un lector que no los conoce les dio los honores de dedicar quince minutos a leer su historia (y sí, que alguien más nos regale su tiempo es un honor, sobre todo cuando esa persona podría estar mirando Bake Off). Imaginen a ese lector encontrándose con una oración en su primer párrafo que suscita preguntas y crea intriga. Imaginen la fascinación con la que esa persona intentaría llegar al final de su historia para descubrir uno de los tantos misterios que ustedes eligieron plantar. Imaginen ahora su libro volando por los aires, acompañado de todos los insultos que ese lector les estaría dedicando porque ¿podés creer que llegué al final de estas 850 páginas y este sorete no me contó qué había guardado en la cajita de madera que tenía la vieja en el estudio?
Nadie quiere ser el "este sorete" de un lector frustrado y por eso tenemos que prestar atención a lo que nos dice Chekhov. Y antes de que piensen que a ustedes no les va a pasar, que ninguna palabra en su historia sobra, que tienen toda la trama ajustada como si fuesen Tolkien, déjenme pedirles encarecidamente que bajen un poquito el copete. Dejar armas desperdigadas en nuestros capítulos nos pasa a todos, sin excepción. ¿Por qué? Porque como dice mi amada profesora de escritura, nosotros somos la primera persona que lee nuestra historia y, como todas las historias son historias de misterio, siempre hay pistas desperdigadas que nos llaman la atención y nos hacen creer que tenemos que volcarlas en la página. Quizás en el primer capítulo creímos que nuestro personaje iba a terminar descubriendo que uno de sus compañeros estaba cometiendo un fraude y por eso dejamos esa carpeta llena de papeles arriba del escritorio. Pero claro, una vez que llegamos al final, el personaje nos terminó mostrando (y sí, sucede de esta manera, el personaje nos muestra a dónde quiere ir, no al revés) que en realidad su compañero estaba ocultando un amorío homosexual con el director de ventas, haciendo que esa carpeta que dejamos arriba del escritorio pasara ahora a ser irrelevante. Repito, todos dejamos armas desperdigadas por ahí en el primer borrador, por eso es un peligro buscar lectores antes de asegurarnos de que esté todo limpio. Cuando editen, hagan orden. Asegúrense de que todas las armas que dejaron colgadas tengan balas y que todas terminen siendo disparadas al final. Llevemos a los lectores a los lugares donde es necesario que vayan, no donde nosotros queremos quedarnos porque justo la oración salió hermosa. Si no es relevante para identificar al personaje, dar marco a la historia o hacerla avanzar, se tiene que ir. Si no queremos que los lectores nos abandonen por traicioneros y se vayan a hacer cosas más satisfactorias con su tiempo, no juguemos con su fe.

El lector es ciego

Recién les dije que el lector no elige a dónde va, qué observa y qué escucha. Podemos decir que, sin nosotros, el lector es ciego. Como todo en este newsletter está relacionado de alguna manera con lo que ya dije y, además, se complementa con referencias banales de la cultura pop, hoy voy a hablarles sobre cómo Love Is Blind, el reality de Netflix, me enseñó  cosas muy valiosas sobre la construcción de personaje.
En el primer capítulo, los participantes van a sus respectivos cubículos y empiezan a hablar con otros participantes. La idea es que no puedan verse y se enamoren sólo hablando, algo que (spoiler alert!) el reality nos termina demostrando que es posible. Pero no nos importa eso en este momento, sino las primeras impresiones que los participantes tuvieron al conocer a quienes podían convertirse en sus futuras parejas. Muchas suposiciones se hicieron a partir de sólo la voz: raza, altura y edad pudieron ser adivinados a través de sólo algunas conversaciones cortas. A mí particularmente me llamó la atención que una chica muy linda hablara como habla una chica linda, llevando la conversación para el lado que quería con la confianza de aquel que nunca contempló la idea de que la otra persona podía no encontrarla atractiva. No me quiero poner a teorizar sobre la heteronorma hegemónica porque para eso pueden irse a Twitter,  pero sí me gustaría destacar que gracias a ese programa entendí que la forma en la que una persona se ve a sí misma afecta no solo como se relaciona con otros cara a cara, sino también a través de una pared. El hombre que siempre fue atractivo y tuvo la atención de más de una mujer al mismo tiempo, indefectiblemente terminó teniendo a tres chicas peleando por su amor anónimo. No sé realmente de dónde sale esto, quizás habría que preguntarse si uno puede realmente escaparse de su cuerpo y convertirse sólo en esencia para pararse frente al mundo, pero yo le voy a dejar esa pregunta a los filósofos. Como escritora, me quedo con la lección de que sólo una voz puede decir incluso eso que no podemos ver.
Como ejercicio, quiero proponerles algo. Si nuestro lector es ciego y también sordo, nuestra tarea como escritores es hacer que puedan ver y oír, un milagro que en el plano físico solo podría atribuírsele a Jesucristo. ¿Cómo vamos a hacer eso? Quitándonos a nosotros mismos las rueditas de la bici, sacándonos la ayuda con la que generalmente contamos y de la cual abusamos: la narración. Me gustaría que probaran presentando a un personaje a través de un mensaje de voz (o muchas notas de WhatsApp, ya que esto también dice mucho de la persona) que le envía a un amiga. Pueden hacerlo con un personaje nuevo o con alguno que ya estén trabajando. De cualquier forma, es necesario que ustedes sepan quién es este personaje antes de empezar a escribir su monólogo. ¿Cómo es físicamente? ¿A qué se dedica? ¿A qué le tiene miedo? ¿Cuál es su mayor ambición? Una vez que tengan  las respuestas a esas preguntas, quiero que escriban ese mensaje o mensajes de la forma más auténtica posible, con pausas e interrupciones, con risas y cambios en la velocidad. Hagan todo lo posible para que la esencia de su personaje salte a la pantalla, para que su voz se pueda escuchar. Y si quieren, vayan a ver Love Is Blind, es un buen entretenimiento de cuarentena.

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¿Otro viernes? Otro viernes. Definitivamente apretar el botón para volar hasta ustedes es la parte favorita de mi semana, espero que ustedes también sean un poquito felices cuando reciben mi nombre en sus pantallas. Hoy me extendí un poquito menos que de costumbre, porque estoy viviendo a un ritmo mucho menos acelerado y por ende, las horas que hubiese usado para escribirles se me van mirando una cuchara de sopa. Literalmente ayer estuve cinco minutos mirando una cuchara de sopa, pregúntenle a mi amigo Joan si no me creen. 
Voy a lo concreto. Les prometí que iba a buscar la forma de llegar a todos ustedes, con o sin curso, y hoy les traigo eso mismo. La sección de FAQ está acá debajo, porque quiero que se entienda fuerte y claro, como la caída de un alfiler para los que usan el Magni Ear:

¿Qué? 
Los invito a una Masterclass de Escritura Creativa. Será de dos horas de duración y en ella vamos a tratar hábitos de escritura, construcción de personaje, diálogo y descripción de lugar. Lo mismo que tratamos en los cursos mensuales pero comprimido en un monólogo de quien les escribe, yo. Sus micrófonos estarán apagados durante la clase pero van a poder hacer preguntas a través de la la sección de chat. Al final habrá tiempo para preguntas y respuestas con el micrófono abierto. No va a ser necesario tener la cámara prendida. Sí, puede hacer la clase comiendo arroz en la cama.

¿Dónde? 
Por Zoom. 

¿Cuándo? 
El sábado 23/05 a las 16 hs.

¿Cómo?
Dejando su mail en este formulario.

¿Cuánto?
El costo de la clase es de $750 pero
las primeras 10 personas que se anoten en el formulario tendrán acceso completamente gratis.


¿Por qué?
Porque qué lindo es escribir, hablar sobre escribir, aprender sobre escribir, escribir sobre escribir.

 

Hemos llegado al final, una vez más. Si me dedico a mirar menos cucharas de sopa, les traeré más palabras el viernes que viene.
Les dejo un abrazo enorme. Cuídense, quiéranse.
Juani

 

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