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Escritura Creativa
Anti Apocalipsis

 
Newsletter semanal para sobrevivir la cuarentena

No dormimos juntos

Primero que nada, quiero saludarlos, porque como dice el título de este apartado, no dormimos juntos. En esta nueva semana que termina en la cual los días son todos iguales y a la vez diferentes, quiero saber cómo están. Y no tienen que contestarme, porque no voy a ser una madre que reclama que no la estén llamando en cuarentena, pero sí me gustaría que se dieran el lujo de hablar un rato en voz alta conmigo, imaginándome en alguna mancha en la pared, y contarme un poco cómo se sienten. Mi cuarentena mejoró increíblemente desde que vine a pasar los días a la casa de unos amigos (antes de que me denuncien a Alberto, acá en Londres está permitido) y eso me está dando la libertad de poder ser menos egoísta y escuchar a los que todavía la están pasando mal o muy mal. Si se sienten en "la caca" como dice mi hermano, sepan que son muchos, no están solos y no están fallando en una competencia si tienen días muy bajos. Tampoco están fallándome a mí si no escribieron los 15 minutos diarios. Todos estamos sobreviviendo a nuestra manera, todo es suficiente y todo es entendible.
Ahora bien, les pregunté cómo estaban y me gustaría que supieran contestarlo. Antes de seguir leyéndome, cuéntenme cómo están navegando este momento. Si tienen fluidez para escribir, cuéntenmelo con una birome, no en la computadora, porque hay algo mucho más honesto que sólo sale de una mano que se vuelve frenética intentando volcar ideas antes de que se vayan volando o los músculos empiecen a quejarse. Si sienten que perderían el ritmo, les sugiero probar grabándose, para que quede registro de alguna forma. Imaginen que me tienen enfrente y cuéntenme qué pensamientos les andan dando vueltas por la cabeza. Y no lo estoy haciendo de chusma, porque al fin y al cabo ya les dije que no voy a leerlo, sino porque quiero ayudarlos a lograr dos cosas. La primera, es que vacíen su mente de toda la basura con la que se están atacando constantemente. La segunda, que le pongan forma y nombre a eso que no los suelta. Cuando los tiempos son confusos, nuestra creatividad se encuentra parada en medio de un tiroteo. Es muy difícil hacer arte cuando somos aturdidos por sensaciones fuertes de angustia, ansiedad y alarma.  Yo estuve en un momento así en 2016 y cualquiera que me conoce puede certificarlo. Si la inspiración es agua, no hubo momento de mi vida más seco. Tenía en mis manos una materia prima preciada y por lo general escasa, la crudeza del dolor, y a mí me faltaban las palabras para hacer algo con eso. No podía ni siquiera poner tres oraciones juntas. Tuve miedo, muchísimo, porque una cosa es vivir una vida donde te cuesta procesar tus emociones y otra muy distinta, hacerlo sin poder recurrir a lo único que te salva. Pero estaba muy equivocada cuando pensaba que había perdido mi inspiración. En realidad, sólo la estaba guardando.
Creo que el arte se mueve en olas y nunca es lineal. Hoy, por ejemplo, yo puedo escribirles a ustedes, pero se me hace imposible escribir o editar ficción. No me preocupa, porque ya entendí cómo funcionan los engranajes adentro mío. Por ahora, me estoy enfocando en dejar un registro de todo lo que pasa por adentro mío, los pensamientos más ridículos y exagerados, las emociones más primarias. Nunca vamos a volver a estar colectivamente tan despojados de un marco organizado y lógico de eventos. En otras palabras, nunca vamos a volver a estar con el culo al norte como lo estamos ahora. Es un alivio saber que este momento pasará, pero también nos plantea una responsabilidad: la de guardarnos un pedazo de nosotros en algún lado, dejar una cápsula del tiempo para cuando queramos convertir este caos en algo digno de ser leído. En 2016 yo llené cuadernos explicando que todo era negro y el sufrimiento parecía eterno. Si ahora, lejos de esos diarios, intento contar cómo me sentía entonces, me quedo muda. Pero ellos están ahí y, cuando finalmente pude convertir el dolor en una historia, sirvieron como un túnel del tiempo para poder explicar objetivamente cómo se sentía vivir esquivando balas. En febrero de 2017, después de haber pasado la tormenta, empecé a escribir una novela que hablaba de hacer duelos y resignarse al hecho de que jamás vamos a entender el mundo. Para fines de agosto, el primer borrador ya estaba terminado. La fluidez que había pensado que estaba perdida seguía estando ahí. Ella siempre sigue estando ahí.
Por eso, dejen un registro de quienes son ustedes ahora. Para muchos de nosotros, esto que estamos viviendo nos va a poner frente a un nivel de crudeza de emociones que pocas veces más llegaremos a experimentar. No las dejen escapar. Cuéntenme como están, pongan la locura en palabras, háganle una autopsia a la angustia. Creen su propia máquina del tiempo. Cuando todo se calme, vean a donde los lleva.

No quiero ser Carrie Bradshaw

Quiero andar por la vida con mi musculosa Adidas y mi pollera de tul rosa, como si fuera Carrie en Abu Dhabi. Quiero ponerme mi tapado de piel falsa color gris arriba de un vestido escotado y tomarme el subte hasta la casa del chico que me gusta. Quiero escribir sobre eso al día siguiente en un café que tenga sandwiches ricos o quizás en mi escritorio que está apoyado en una ventana. Quiero enamorarme de un hombre bueno que sepa construir muebles. Quiero que la certeza de que mis amigas son mis almas gemelas nunca se pierda. Quiero sus zapatos y sus aventuras pero no, no quiero ser Carrie Bradshaw.
Mi vida en Londres cambió después de esa tarde en la que conocí a Tessa Hadley. Al reconectarme con mis gustos y mis proyectos, una Londres nueva se abrió para mí. Me convertí en una persona con una vida social menos activa y una agenda más llena de compromisos interesantes. Antes de que esta pandemia me robara la vida (no pueden decirme que no soy dramática cuando quiero), vivía corriendo de un lado a otro entre clubes de lectura, clases de escritura y conferencias de eminencias. Así fue como llegué a una masterclass de Zing Tsjeng, la editora ejecutiva de Vice UK. El título de la misma era Mujeres en el Periodismo y lo que prometió ser una jornada más consumiendo cultura fue en realidad la respuesta a muchas de mis preguntas. Porque verán, en enero, cuando sucedió esto, yo estaba trabajando en un lugar que me hacía infeliz y trataba de pensar cómo salir de eso y adentrarme en un mundo que me interese más. El periodismo se me presentaba como una alternativa a considerar y quizás la solución a algunos de mis problemas. El periodismo me convertiría en una persona independiente que maneja sus propios tiempos, en alguien que puede hacer que sus palabras lleguen al mundo más rápido de lo que podría hacerlo como escritora de ficción. Porque a mí me encanta escribir historias, pero el camino es eterno y el no poder compartirlas hace que a veces me sienta alguien que no hace nada. Sería el equivalente literario a salir a bailar y no mostrarlo en instagram. Si no hay fotos, no pasó. Con el periodismo, podría seguir mi pasión con la certeza de ser alguien que produce. Un sueño, ¿no? No, porque yo no quiero ser columnista. Yo amo sus rulos, pero no quiero ser Carrie Bradshaw.
En la masterclass de Zing aprendí muchas cosas, pero quizás la más concreta fue que el periodismo demanda mucho compromiso. Y no hablo de comprometerse a hacer algo, porque eso no me cuesta, o quizás no me cuesta tanto, sino de comprometerse uno y comprometer el arte en pos de un resultado. La ficción o la poesía dan algo que el mundo de la no ficción no da: la libertad de crear aunque no le interese a nadie. Para ser columnista, hay que modificar las formas, ajustar clavos y revisar palabras que tengan un golpe de sabor para lograr un objetivo. Y no es que yo no haga esas mismas cosas cuando escribo historias, sino que la diferencia radica en la materialización de ese objetivo. El periodismo es instantáneo, el éxito del mismo se mide en clicks y la creatividad se encuentra, a mi entender, más en la investigación que en cómo eso se transforma en un producto. Y no estoy con esto quitándole mérito, sino todo lo contrario. Ser un buen periodista es muy difícil, lleva tiempo de perfeccionarse y entrenar el ojo para encontrar historias reales en lugares comunes. Quizás, si yo tuviese más tiempo en mis manos o estuviese menos enamorada de la escritura creativa, podría explorarlo con más libertad. Pero no es el caso. Yo soy una persona tradicional, rozando lo Susanita. Yo elegí un amor para toda la vida y con él elijo quedarme.
Cuando salí de esa sala de convenciones, lo hice con la compañía de una vieja seguridad: mi camino es uno y es la escritura. Mi atención tiene que estar enfocada en los miles de proyectos que puedan incluirla y alejarse de mis ansias de conseguir reconocimiento más rápidamente. Si tengo que esperar años a que alguno de mis trabajos esté listo y la gente pueda saber quién soy, así será. Y por supuesto esto se contrapone con el sentimiento de responsabilidad que siempre siento, con saber que el universo me dio algo y yo no estoy haciendo nada por devolverlo. Ahí es cuando la creatividad tiene que volver a entrar en juego para encontrar una salida alternativa que me permita escribir lo que yo quiero y poder publicarlo antes de que el mundo se marchite y ya nadie quiera leerme. Por eso estoy acá, con ustedes. Porque puedo hablar de lo que yo quiero explorar y lo que ustedes eligieron conocer a través de mí. Porque en este newsletter no tengo un editor que me diga que a nadie le importa lo que me pasó en 2016 o cuánto me gusta usar mi pollera de tul rosa. Porque no tengo que esperar meses a estar segura de que todas las correcciones son suficientes para que mis personajes salten a través de la pantalla. Porque puedo comprometerme a estar en sus bandejas cada viernes pero no tengo que comprometer mi esencia y sacar oraciones que a un tercero le parecen demasiado rebuscadas. Porque me gusta estar acá, porque tengo derecho a hacerlo. Porque estoy enamorada y esta es mi forma de sacarme a tomar algo.

No tuviste un hijo

A lo largo de mi vida he tenido la dicha de conocer muchísimos hijos únicos. En otro momento quizás hubiese dicho que tenía el desagrado, pero después de años de ser docente, tengo que admitir que ellos no tienen la culpa de haber sido criados con tantas presiones. No voy a seguir hablando de crianza, porque como dice el título, yo no tuve un hijo, pero sí quiero hablarles de ser escritores de libros únicos. Y no, antes de que me quieran venir a correr con las metáforas baratas (que suelo amar) y referirse a sus creaciones como hijos, las historias no son vástagos. Las historias son historias y punto. Cuando tenga un hijo, se llamará Joaquín, pero mis creaciones son otra cosa.
En el apartado anterior les dije que mi amor es uno sólo, pero los proyectos siempre son muchos. En este momento, por ejemplo, tengo una novela en proceso de edición, una colección de historias a mitad terminar, una propuesta supersecreta que estoy terminando de pulir con mi amiga Paloma que es fotógrafa, una historia que tengo un poco abandonada en Wattpad, este newsletter y seguramente algunas cosas más que no estoy teniendo en cuenta. Y uno podría decir que esto habla de mi incapacidad de culminar proyectos (y yo no les diría que se equivocan porque al fin y al cabo es en parte algo que me aqueja) pero yo elijo pensar que en realidad habla de la libertad que le doy a mis ideas a que crezcan sin tener que ser el centro de mi atención. Mis historias no son mis hijos, pero si lo fueran, no me gustaría criarlas solas. Yo no soy experta en estructuras, no leí todos los clásicos, no tengo ni idea de cómo seguir todas las reglas de estilística que existen, pero a lo largo de mi vida aprendí a escribir con felicidad y creo que eso es algo que puede y debe enseñarse. A mis alumnos del taller online les decía el otro día que está muy bien tener varias historias arrancadas. No es una distracción,  es un respiro. La creatividad, como ya les dije, no es lineal. Lo que hoy fluye puede cortarse mañana y, aplicando el consejo de todas las maestras en medio de una prueba, si algo no sale hay que seguir adelante. Hace dos meses que no toco mi novela, todos los días me prometo hacer algo con ella y no puedo hacerlo. Y está bien, nadie va a venir a retarme. Forzarlo sería incluso contraproducente, porque yo no quiero terminar rápido, yo quiero crear algo maravilloso. Por eso, si tuviera quizás que darles un consejo universal, sería que no sean escritores de historias únicas. Vivan creando, practiquen la multiplicidad de ideas, exploren lugares diferentes todos los días. Diviértanse.  Escribir es disciplina pero también es divertirse. 

Como ya habrán descubierto, gran parte de este newsletter es molestarlos a ustedes, obligarlos a hacerse preguntas. Me gustaría que ustedes exploraran qué es lo que les gusta de la escritura y de qué forma pueden explotarlo. A continuación, les dejo mi última lista de cosas que me gusta escribir. La hago seguido y a partir de ahí saco ideas de proyectos nuevos. Siempre manteniéndome ocupada, siempre empujándome hacia adelante desde el lado que me sale, siempre quitándome presiones y agregando alegría. 

No estén solos

Una vez más, estamos llegando al final de este newsletter.  Me gustaría poder hablar más tiempo con ustedes, pero tengo que aprender a concentrarme y tocar los temas que quiero tocar de a poco. No porque piense que algún día se me van a agotar las cosas que tengo que decir (en esto mis alumnos del curso online van a asentir con la cabeza, porque han visto en primera persona lo inagotable que es mi capacidad para hablar sin frenar a tomar aire), sino porque quiero darle a mis palabras el tiempo para que brillen y a ustedes el aire que necesitan para incorporarlas. Porque, y de esto estoy convencida y no necesito meterle una falsa humildad a la situación para admitirlo, lo que yo vengo a decir acá es importante. Lo sé porque nada de todo lo que les estoy contando es algo que inventé yo, ninguna de mis percepciones con respecto a la escritura son fruto de mi maravilloso intelecto. Lo que yo les digo, no es más que la recopilación de lo que alguien más me dijo a mí. Son palabras que me inspiraron, me empujaron a seguir y finalmente me salvaron de las tristezas más profundas.
El título de este último apartado no es un consejo sino un pedido. No estén solos, no se aíslen más de lo que ya están. Y no hablo sólo de este momento, sino en la vida en general. Cuando la cuarentena pase (porque va a pasar), no dejen a su arte en soledad. Recuerden que tienen con ustedes una compañía que no los va a abandonar nunca y que siempre va a ayudarlos a ver el mundo de una manera más linda. Cuando todo esto termine y pasen semanas enteras abrazados a sus amigos en un bar, no dejen de lado su cuaderno y sus quince minutos diarios de escritura. Cuando  el coronavirus sea un recuerdo, no se olviden de esta parte de ustedes mismos que están activando. No estén solos, no vuelvan a ignorar a la creatividad.
Mi vida cambió para mejor cuando me permití salir del clóset de los secretos y empecé a contarle al mundo que escribía. No sólo recibí apoyo de las personas que más me quieren, sino que encontré pares que me acompañan en el proceso y me ayudan a que mis historias sean cada vez mejores. Sé que muchos de ustedes también lo necesitan, porque me cuentan sus historias cuando les llega el newsletter y el común denominador que encuentro en todas es la necesidad de comunidad. Los chicos que están participando del curso online me contaron que lo mejor de hacerlo es sentirse acompañado en el proceso de redescubrirse como escritores. A mí me gusta tanto transmitir lo que aprendí que sigo abriendo grupos nuevos para los que están interesados, pero sé que no todos pueden pagar el curso. Por eso, quiero proponerles algo. Me gustaría que ustedes se permitieran conectar con alguien más que esté en busca de un compañero creativo. Puede ser alguien con quien crear cosas en conjunto, alguien a quien pueden compartirle las ejercitaciones del newsletter (ya que lamentablemente cada vez estoy teniendo menos tiempo para contestarles a todos ustedes) o sólo un amigo anónimo al cual decirle que los angustia no poder encontrar un final digno a esa historia que empezó tan bien.  Y como sé que salir a buscar activamente cuesta, yo voy a facilitarles la tarea. Tómenme como un Tinder de escritura, les juro que puedo ser muy útil.
Ustedes pueden no creerme cuando digo que las relaciones que empiezan de una forma tan controlada funcionan, pero yo voy a demostrarles por qué no me equivoco. Cuando hay un marco que sostiene un vínculo, uno suele relajarse y jugar a ser uno mismo.  Dicho de otra forma, ustedes pueden darse el lujo de ser intensos y decir "uh, la pesada de Juana no deja de pedirnos que nos pongamos en contacto" como excusa, sin tener que reconocer que se mueren de ganas de tener un amigo creativo. Porque se mueren de ganas, lo sé, no me mientan.
Tengo una historia para sostener mi teoría y aquí va. Empezó en enero de este año, cuando decidí sumarme al programa Un Amor de Verano (un proyecto de @tamaratlsnk y @tomasgna) que me puso en contacto con Ayi, una chica riojana que vive en Córdoba a quien tenía que escribirle un mail cada semana. Empezamos tímidamente, presentándonos y compartiendo un poco de nuestros intereses. No tuvimos un amor de verano (en mi caso invierno), pero hablamos mucho sobre amor, nos contamos las historias que más nos hicieron crecer y nos mantuvimos al tanto de novedades cuando algo nos sucedía. Seguramente, si la hubiese conocido en un contexto informal, la relación habría perdido la constancia que logramos. Saber que éramos parte de un programa y que se suponía que teníamos que mantener el vínculo a flote por tres meses, nos empujó a hacernos preguntas, sacar temas de conversación y realmente luchar por construir algo. Ya pasaron varias semanas desde que dejamos de hablar por obligación , aunque en realidad nunca estuvimos obligadas, y pasamos a mandarnos audios por Whatsapp para contenernos en medio de esta cuarentena. Estamos solas, pero estamos acompañadas, y todo fue gracias a habernos dado el lugar de vincularnos con otro con actitud y compromiso.
Les propongo que ustedes encuentren su compañero de escritura a través de mí. Llenen este formulario (clip.ng/vzCL) y esperen algunos días a que termine de acomodar la logística, ya que no soy Bill Gates. Cuando les llegue un nuevo mail, no lo ignoren, hay alguien que los necesita y los está esperando. Yo les voy a mandar algunos consejos para que la charla fluya, el resto va por parte de ustedes. Dense una oportunidad de conectar con alguien que entienda qué sienten cuando hacen arte. No estén solos.
Hasta el viernes que viene,

Juani.

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