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Escritura creativa
para escritores creativos

 


Bienvenidos, otra vez

Hola de nuevo, queridos! Tomarme el descanso que necesitaba y disfrutarlo sin dejar de pensar que los extrañaba me hizo darme cuenta de que sólo porque alguien no te llama, no significa que no esté pensando en vos. O quizás mi adolescente interior quiera convencerse de eso, pero lo importante es que, si bien disfruté no tener que rendirles cuentas, no dejaba de encontrar cosas que quería contarles. Y acá estoy, lista para hacer eso, para contarles todo lo que aprendí, leí y enseñé en estas dos semanas. No crean que es poco tiempo para que el mundo interno de uno cambie y la inspiración vuelva. En la vida de los escritores, dos semanas son quince vidas.
Este es mi apartado inicial y, por eso, creo que voy a empezar hablándoles de un taller al que asistí esta semana sobre cómo empezar historias. Algo que voy a decir antes, rompiendo así con todos los consejos del profesor y estirando el comienzo, perdiendo seguramente su atención y empobreciendo la calidad de este texto, es que la cabeza sinceramente no me da más. En estos dos meses y medio, tuve más interacciones con respecto a la escritura que en toda mi vida. Por eso, cuando tuve que decidir si sumarme a ese taller o no, lo dudé muchísimo. No porque creyera que no tenía nada para enseñarme, por suerte hace años que dejé esa soberbia de lado y aprendí que me queda mucho por aprender, si no porque no creía que tuviese la capacidad de concentración necesaria para poder absorber algo más. Por suerte, decidí anotarme igual. Zoom nos permite algo muy bello que es cursar desde la comodidad de nuestros pies en pantuflas subidos al escritorio, y eso es lo que hice.
El profesor, un tipo muy simpático que nos daba tiempo para escribir entre módulo y módulo pero nos seguía hablando porque tenía mucho para decirnos, haciendo así que nuestra concentración se perdiera, nos hizo pensar qué es una buena primera oración y cómo podemos asegurarnos de estar yendo por el buen camino. Citó a Stephen King (a esta altura, saben que me hizo quererlo por tener a mis ídolos como suyos) y nos dijo que la primera oración tiene que ser algo que invite al lector y le pida que entre. Lo que yo siempre le digo a mis alumnos es que hoy por hoy, nosotros no somos escritores que tengamos lectores asegurados. Dicho de otra manera, nadie va a comprar un libro mediocre nuestro o seguir leyendo nuestra historia que está mal trabajada sólo porque está acompañada de nuestro nombre. Creo que esto confiere un tipo de humildad que ojalá no perdamos nunca, porque te mantiene cerca de la responsabilidad de ser bueno en algo que hacés, dando lo mejor de uno sin pedir que el lector haga el resto. Es importante que recordemos que no podemos pedirle al lector que nos lea, porque él no nos debe nada. Como diría Alejo Devil, a quién te comiste hermano? A quién le ganaste? Nosotros no le ganamos a nadie y, si queremos ser escritores, vamos a entender que nunca vamos a ganar. Esta disciplina no te da laureles ni te invita a alfombras rojas, no hace que tu cara empapele la ciudad y dudo muchísimo que te consiga seguidores en Instagram como seguro le pasa a actores o músicos que tienen que poner el cuerpo en pos de su arte. Nosotros no somos más que nuestras palabras y en ellas tenemos que apoyarnos si queremos que alguien nos de su regalo más preciado: tiempo.
Sobre líneas introductorias, puedo decirles que no hay listas que seguir o reglas que respetar. De alguna manera, cualquier idea de lo que es un mal comienzo puede ser refutada por un escritor valiente y humilde que se detiene a pensar si lo que está haciendo está bien, concluye que sí y se tira a la pileta con mucha diligencia y concentración para hacer lo que parece imposible. Mi recomendación personal es que en sus primeras oraciones, ni una palabra tiene que sobrar. Recuerden que tienen que mostrarle al lector todo el brillo, miren si van a perderse poniendo conjunciones que no sirven! Paul Clifford, por ejemplo, es altamente criticado por el comienzo de su novela, que dice:

"Era una noche oscura y tormentosa; la lluvia caía a torrentes, excepto a intervalos ocasionales, cuando la interrumpía una violenta ráfaga de viento que barría las calles (pues es en Londres donde transcurre nuestra escena), repiqueteando en los tejados y agitando fieramente la escasa llama de las lámparas que luchaban contra la oscuridad." 

Realmente necesitamos saber que la noche era oscura? Esto es algo que el lector da por sentado. Si la noche es clara, ahí es algo que me gustaría saber. Lo gracioso de Paul Clifford es que sigue describiendo la tormenta. Si vamos a hacer eso, es realmente necesaria la primera oración? Si bien podemos concluir en que cualquier regla puede tener una excepción, también debemos reconocer que un principio como este va a perder al lector en lugar de ganarlo.

Ahora bien, hay cosas que un lector espera encontrar en un comienzo y si bien como escritores no podemos vivir queriendo complacer, podemos dar un poquito el brazo a torcer y darle al pueblo lo que el pueblo quiere. Al pan pan, al vino vino, sobre las cartas la mesa y vamos a seguir leyendo si la historia así empieza:
1- Introduciendo un problema.
2- Introduciendo la voz narradora. Esto es algo muy personal que no se puede copiar, como una especie de huella dactilar.  Descubran cuál es su voz y muéstrenla al toque.
3- Mostrando el final sin dar a entender cómo se llega a eso.
4- Mostrando al personaje principal y por qué va a ser alguien que nos interese seguir conociendo.
Gabriel García Márquez (si me voy a poner a dar cátedra, lo haré citando a los grandes) logra todo esto con la primera oración de Cien años de soledad, que dice:

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. "

Obviamente, no voy a pedirles que sean él, pero sí que entiendan que se puede. Y como en este newsletter nos ponemos a la-bu-rar, les voy a dejar un ejercicio para que ustedes también prueben empezando una historia. No tienen que continuarla si no quieren, así que pueden darse el lujo de entrar con un golpe fuerte sin tener que pensar después cómo mantener esa energía a lo largo de párrafos y párrafos. Escriban una primera oración, déjenlo todo, dense una palmadita en la espalda. Las ideas que les tiro son las siguientes:

1- Escriban una primera oración donde alguien muere. 
2- Escriban una primera oración donde alguien nace.
3- Escriban una primera oración donde alguien está avergonzado. 
4- Escriban una primera oración donde alguien sabe que algo malo va a pasar.

Si quieren empezar practicando, intenten mejorar la introducción de Paul Clifford. Se murió hace muchos años, así que dudo que le moleste. Y como siempre, si sale algo lindo, me lo mandan. Ay, qué lindo es tenerlos de vuelta!  


 

Coraje, la escritora cobarde

En el apartado anterior rocé el tema de la cobardía y el coraje, pero ahora voy a hablarles de eso un poco más concretamente. Creo que este tema toca a cualquier creativo de cerca, sin importar la disciplina, pero en la escritura se pinta con otro color. Supongo que cualquier músico, escultor, o diseñador siente, cada tanto, que lo que quiere hacer no está bien, que no entra entre las cuatro paredes de lo que muchos esperan de ellos, que su creación maravillosa es, en realidad, un riesgo que no vale la pena tomar porque puede hacerles perder un público que es necesario mantener. A los escritores nos pasa lo mismo, con la diferencia de que a nosotros nos faltan golpes de soberbia moderna que nos convenza de que a veces "es por ahí" y que el por ahí es exactamente lo que nosotros queremos hacer. Los artistas de otras disciplinas aprenden de sus contemporáneos, mientras los escritores insisten en seguir leyendo (y muchas veces imitando) a Kafka.
La escritura es pretenciosa. Quizás lo sean todas las formas del arte, pero yo soy escritora y hablo de lo que sé. Cuando alguien tiene que nombrar su mayor inspiración a la hora de escribir, pocas veces se escapan escritores jóvenes o de los últimos años. Y no digo que esté mal amar a Cortazar o a Jane Austen, pero es peligroso creer que sólo ellos son grandes. En estos meses de talleres de escritura, tuve el gusto de conocer muchas personas jóvenes que disfrutan leer y escribir. Con uno de los grupos en particular, generamos un vínculo basado en recomendarnos cosas para leer. Esas recomendaciones vienen casi siempre de la mano de una de las chicas que ya se ganó el título de ayudante de cátedra y que sus compañeras bautizaron como Lady Data (si Katerina me está leyendo, claro que estoy hablando de ella), pero el resto del grupo también aparece con perlas especiales de parte de los autores más variados. Inevitablemente, lo que ellas escriben tiene algo especial, sincero, yo lo llamaría valiente. Habiéndose rodeado de historias escritas por personas que hoy pueden aparecerse en el mismo supermercado que uno, ellas escriben sabiendo que si quieren hacer algo, lo pueden hacer.
La escritura de hoy en día es mucho más libre, irreverente y flexible que hace cincuenta o cien años. Nosotros somos mucho más libres, irreverentes y flexibles que hace cincuenta o cien años. Sus ideas, naturalmente, los van a llevar por caminos que quizás alguien no exploró antes que ustedes. Si en su mente novela es sólo algo que escribe García Márquez, entonces van a estar en un problema. Ustedes nunca van a ser García Márquez y, si somos honestos, no tiene sentido tampoco que lo intenten ser, porque ya existió uno y no necesitamos otro. Si, en cambio, se cruzan con escritores valientes y jóvenes (cuando digo joven, me refiero a vivo, los escritores tienen una juventud mucho más larga que la de un deportista) van a comprender que ustedes pueden hacer lo que quieren, que no hay reglas.
Yo leo mucho en inglés, una costumbre que empezó cuando daba clases de este idioma y buscaba hambrienta nuevas expresiones y que siguió creciendo cuando me mudé a Londres y me encontré siendo parte de conversaciones que giraban en torno a nombres que no conocía pero que me interesaba conocer. Es por eso que no puedo recomendar autores argentinos aparte de Samanta Schweblin, pero sí voy a contarles acerca del último caso de inspiración valiente con el que me crucé. Este mes mi club de lectura decidió leer Daisy Jones & The Six, una novela de ficción sobre una banda de rock de los setenta. Si les gusta Fleetwood Mac, este libro les va a gustar.  Pero no es la historia en particular lo que me llamó la atención, si no el modo de contarlo. La novela está escrita como una serie de entrevistas con los protagonistas de la historia y, salvo breves excepciones, no hay narración en absoluto. Está tan bien logrado que tardé cincuenta páginas en googlear la banda y descubrir que en realidad no existía.  Taylor Jenkins Reid tuvo una idea diferente, difícil de ejecutar (piensen cuantos huecos quedan si sólo nos guiamos por lo que el personaje ve! y piensen cuan difícil es escribir un libro entero con sólo diálogo! directamente barbárico) y logró convertirla en un libro especial que seguramente voy a recordar por mucho tiempo como una lección de integridad literaria. 
El mundo no es el que tenían nuestros padres hace cincuenta años. Hoy podemos votar a quien queremos votar sin miedo a hablar de eso públicamente, hoy podemos amar a quien queremos amar o acostarnos con quien nos queramos acostar, comer lo que queremos comer y usar la ropa que queremos usar. Como escritores, no tenemos reglas más que una sola, absoluta, la de escribir lo que queremos escribir. Con actitud y compromiso, como dice mi padre.

Alma reversible


"Mírenme, llevo el alma al revés. Me pesa el tiempo todo el tiempo. Temo esperar de más y no sé esperar."

Estelas - Fermín Sagarduy 


Mi hermano es músico y un poco eso es lo que yo siempre quise ser. Tiene tres años menos que yo, pero parece que vivió muchas más vidas. De a poco lo voy alcanzando, pero la diferencia todavía se nota.
Mi hermano siempre tuvo la valentía delirante de aquellos que creen que pueden ser artistas sin que nadie tenga que darles permiso para que lo hagan. Yo siempre quise escribir canciones y nunca supe lo que es un acorde o un intervalo, entonces asumí que ese no era mi camino y seguí buscando otros. Pero claro, la música siempre va a ser para mí una compañera mucho más fiel que la escritura. O quizás es que yo le soy fiel a ella, y la escritura me deja hacer lo que quiero, total sabe que voy a volver.  Recuerdo momentos de mi vida en los cuales no leí pero no recuerdo un sólo día en el que no haya escuchado aunque sea una canción, no haya cantado mientras me bañaba o cocinaba, no haya bailado un tema mientras ordenaba la ropa. Nunca iba a poder escribir una canción, entonces decidí vivir adentro de ellas, de todas.
Mi hermano sufriendo a la hora de escribir letras para sus melodías y queriéndome más de lo que yo me quiero, apareció un día para decirme que quería que yo escribiera una letra para una de sus canciones. Si como escritor uno tiene miedo de arruinar una idea propia con una ejecución decadente, imaginen tener que hacer algo con ideas ajenas. Miedo, pánico, vergüenza. Pero era mi hermano, él tenía fe en mí y yo siempre tuve fe en su fe. Escribí la letra, él modificó algunas melodías para adaptarlas a su voz. Salió algo hermoso, su canción tenía una historia, mi historia tenía canción. Esa canción sólo suena cuando él canta en vivo, pero en mi corazón es quizás una de mis favoritas de todos los tiempos. Lo que parecía imposible se hizo realidad, no hay milagro más grande que ese.
Este apartado va a tener poca coherencia pero este período en la vida me enseñó que lo importante es ser auténtico, no ordenado. Mi hermano, que tanto sufría escribiendo letras, se abrazó a su valentía y sacó un disco. Yo vengo escuchándolo por fragmentos hace mucho tiempo y hoy por fin puedo compartir con ustedes mi línea favorita. Escuchándola me pregunté dónde había quedado ese chico que no sabía escribir letras. Muy lejos, claramente. También quiero compartirles cómo funciona mi cerebro cuando escucho una letra que me gusta, cómo doy vuelta a las palabra hasta que se transforman en algo completamente diferente a lo que el artista esperaba que yo pensara, cómo las sigo girando hasta que vuelven a caer en el principio y todo está en orden. Cuando canto Estelas les pido que me miren, yo también llevo el alma al revés, la están viendo todos y ya no tengo donde esconderme. Cada día que pasa hace que falte menos para conseguir algo que ni siquiera sé qué es y eso me desespera un poco. Me pregunto para dónde queremos ir, por qué nos pesa tanto el tiempo, todo el tiempo, sobre todo en esta cuarentena. Y siempre tengo miedo de que el tren se me esté pasando, de no estar accionando a tiempo, pero es una hipocresía porque yo realmente no sé cómo quedarme quieta y dejar que las cosas se den solas. Me estoy conociendo mejor que nunca y a veces me olvido de guardar mi alma antes de salir a la calle y la dejo ahí, afuera de mí, a la vista de todos. Y se escapa entre las palabras que escribo y me parece tan obscenamente obvio que me vuelve a dar vergüenza y la vuelvo a guardar en el lugar donde no tiene que estar. Siempre pedí que me quisieran por mi alma y por miedo mostré otras cosas. No quiero volver a eso, quiero llevar el alma al revés a todos lados. 
Un poco sigo hablándoles del coraje. Aprendí de Julia Cameron a preguntarme qué haría si el ridículo no importara. Son muchas cosas que no estoy haciendo para salvarme de vergüenzas que unos años tampoco voy a recordar. El saldo da negativo, no tiene sentido. Si el ridículo no importara, qué harían ustedes? Imaginen que tienen un padrino mágico que hace con ustedes lo que hizo conmigo mi hermano, alguien que les pide que hagan eso que siempre quisieron hacer. Qué sería? Piensen que soy yo pidiéndoles que escriban ese poema, esa canción, esa historia de cómo conocieron a alguien especial. No tienen que aprender para hacer, tienen que hacer para aprender. Y cuanto más afuera lleven el alma y más lejos quede la idea de hacer algo perfecto, más se van a acercar al otro. Escribir es conectar, no es más que eso.

Me voy a ir yendo

Antes de despedirlos, algunos anuncios cortos y exclusivos de este newsletter:
- Durante el último año, mi amiga Paloma y yo estuvimos armando un nuevo proyecto creativo. Ella fue mi hada madrina y yo fui la suya y lo que en algún momento pareció imposible hoy está casi listo para salir a la luz. Nadie sabe esto, solo algunos allegados, pero en la semana vamos a estar lanzando finalmente el proyecto. Pueden seguir nuestras novedades en su instagram y en el mío.
- En la próxima edición del newsletter vamos a tener una invitada especial que nos va a recomendar qué cosas leer para fascinarnos un poco más con la escritura. Reconocer nuestras falencias es importante y yo tengo que reconocer que me quedé sin cosas que recomendar. Ella es una fascinada de aquellas que es lindo tener cerca, así que prepárense para la locomotora del sabor.
- La tercera edición de No Estén Solos va a salir a la luz en dos semanas. Si bien hemos formado un montón de parejas, todavía quedan muchas almas solitarias perdidas por ahí. Por eso es que necesito la ayuda de algunos que hayan participado para que me ayuden a decir por qué está tan bueno encontrar un corazón noble que nos contenga en este camino. A los que estén dispuestos a dar su testimonio, les pido que llenen este formulario . Sus nombres no van a tener que aparecer si ustedes no quieren, pero sus palabras van a tener un lugar en el próximo newsletter y en una publicación que haré en Instagram.
Ahora sí, sin más preámbulos, me despido. Gracias por esperarme y por volver a leerme.
Nos vemos en dos semanas.
Los quiere,
Juani

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