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Escritura Creativa
Anti Apocalipsis

 
Newsletter semanal para sobrevivir la cuarentena

La luz entra por las rajaduras  

Hola a todos, bienvenidos al quinto newsletter. Como adivinarán por la imagen del encabezado, hoy se viene un día dramático. ¿Por qué? Porque sí, porque ya fue, es quinto, dice un chico desde el fondo del salón mientras apoya sobre el escritorio una mochila que sólo tiene una birome adentro. Ya fue, ya no necesito ocultarles cosas o moderar quién soy. Creo que a esta altura se dieron cuenta de que yo siento mucho y escribo más, si eso es posible. Hoy voy a escribir más que de costumbre y voy a contarles cómo mis sentimientos me llevan a escribir. Pero esperen, no cierren este correo si piensan que me voy a poner en autorreferencial para decirles cosas que no les importan (aunque quizás lo haga). Les juro que todo va a decantar en la escritura. En mi vida todo decanta siempre en la escritura.
En este newsletter vamos a hacer algunas cosas por trabajar nuestros bloqueos. El primer ejercicio arranca ahora, antes de que entren en calor.  La semana pasada hablamos sobre esos preconceptos que tenemos de nosotros mismos y hoy vamos a volver a ellos, porque no es algo que se trabaje una sola vez. Identificar el problema es el primer paso, el próximo es darle la vuelta y solucionarlo. Por eso, es momento de poner manos a la obra. Tómense 10 minutos y escriban todos los sentimientos malos que ustedes sientan con respecto a la escritura. No importa si ya lo hicieron la semana pasada, asegúrense de que ninguno les haya quedado olvidado. Anoten cualquier crítica propia o ajena que hayan tenido, cualquier falencia, cualquier miedo. No hay respuestas incorrectas, siempre y cuando haya honestidad. Una vez que las tengan, conviertan esos pensamientos en realidades, como hablamos en el newsletter anterior. De un "no sé poner comas" ayúdense a llegar a un "tengo que mejorar mi puntuación". Este ejercicio les va a servir para modificar las historias de su alma, pero puede no ser suficiente.
Esos miedos e inseguridades salieron de un punto, tuvieron un nacimiento. Si pueden, traten de identificar el momento en el que ustedes sintieron por primera vez que no podían poner comas, por ejemplo. ¿Fue en la escuela? ¿Se los dijo su mamá haciendo la tarea? ¿Se los dijo un jefe con poca paciencia? Las chances son de que cuanto más profundo esté enraizado esté ese pensamiento, a un pasado más lejano se remonte. En la mayoría de los casos, es algo que aprendieron de chicos y tomaron como una verdad universal e incuestionable, como cuando les dijeron que un señor del Polo Norte recorría todas las casas del mundo en una noche y los pareció completamente lógico. Un ejemplo claro de cómo los pensamientos se quedan anclados en nosotros es el de la apariencia física. Un nene al que le dijeron que era gordo en segundo grado seguramente siempre acarree un complejo con respecto a su cuerpo, sin importar qué es lo que realmente aparece en el espejo. Con los complejos creativos pasa lo mismo. Nos dijeron a los siete años que éramos unos ridículos o unos delirantes por tener sueños tan grandes y con eso nos quedamos. Pero nosotros no somos ridículos, somos escritores, y escribir es lo que haremos. Quiero que agarren su miedo y la transformación positiva que encontraron. 
Frente a sus ojos tienen el conflicto y el final de un cuento. Ahora les pido que le agreguen todos los elementos que faltan y salpimenten a gusto para terminar de darle forma. No quiero que sea un cuento para adultos, sino uno para niños. Traten de contarle a su niño interior una historia diferente, cortita y al pie, que le devuelva la seguridad que perdió. 
Ahora bien, hay algo que tenemos que aclarar desde el vamos y es que los miedos jamás se van a ir del todo y que la batalla va a ser constante. Por eso, si durante este ejercicio sienten culpa por tener esos pensamientos negativos, transformen eso en agradecimiento. Tarde o temprano esos demonios iban a materializarse y es mejor que suceda más temprano que tarde. No es culpa de ustedes que sus espíritus de escritores estén rotos, todos estamos rotos. Todos nos sentimos inútiles e insuficientes cuando nos conectamos con nuestra parte más vulnerable. Todos los artistas tienen rajaduras, porque por ahí tiene que salir la luz. Aprovechen para empezar a hacerse amigos de sus rajaduras desde ahora, véanlas como ventanas, transfórmenlas  en la herramienta que los va a ayudar a acercarse a una vida artística más feliz. Nadie llega al "mis historias valen la pena porque yo soy el único que puede contarlas" si no parte de un horrible "todo lo que escribo es aburrido y poco original". Identificar el miedo es el primer paso para ser valientes. Felicítense por el logro, cómprense una Coca Cola de recompensa. Y sigan leyendo este newsletter, aunque cueste y duela.

En el nombre de Chano 

Como les dije, el newsletter de hoy va a ser un poco más duro que otros, porque va a girar en torno a hacernos cargo de nuestras falencias y vagancias. Por eso, se me ocurrió empezar con algo un poco más light, practico y divertido. Y sí, vamos a agradecerle a Chano, una vez más, porque a través de él vamos a hablar de un tema que me fascina: el símil y la metáfora. No me voy a poner en erudita porque para eso pueden leer cualquier manual. Lo que voy a hacer es citar al gran señor Charpentier y de ahí en más expandir un poco. ¿Por qué? Porque las canciones de Tan Biónica son más pegadizas que un buen párrafo de Borges y, cuando entren en dudas al escribir, les va a alcanzar con cantar una simple línea para recordar la teoría.
Yo personalmente considero que una figura literaria es la frutilla de todos los postres, el aire fresco de un jueves de noviembre, un hogar a leña en un día de lluvia. Son lo que más me gusta leer y lo que más me enorgullece escribir. Me hacen sufrir, claro, pero cuando salen bien, la victoria tiene un gusto más dulce que de costumbre. ¿Cuesta diferenciar una metáfora de un símil? Un poco, pero cuesta menos cuando tenemos ejemplos.
Lo primero que tenemos que saber es que la metáfora sustituye un elemento por otro mientras que el símil los compara. Citando a Chano, una metáfora sería la que encontramos en El Color del Ayer, que dice “si esta tormenta dejó solo tristeza. Si este silencio me aturdió la cabeza”. La primera oración es una metáfora, ya que no fue una tormenta real lo que dejó tristeza en su vida, sino seguramente la ruptura de su relación. La segunda oración, si bien puede ser bella, no es una metáfora, ya que el silencio del que él habla no es más que eso, silencio. Para recordar un ejemplo de símil, podemos referirnos a mi frase favorita de Chano, aquella que dice “nuestro amor es como un helado caliente que te quema cuando lo querés chupar”. Una forma fácil de detectar un símil es buscando la palabra “como”. Con semejante POESÍA van a poder recordar la diferencia por mucho tiempo.
Ahora bien, digo por vez número mil en este newsletter porque es mi forma preferida de empezar párrafos, para escribir metáforas increíbles, tenemos que leer metáforas increíbles. Y no es que quiera ningunear al señor biónico, pero creo que él estaría de acuerdo conmigo si me leyera decir que podemos aspirar a tener mejores ejemplos. Pero no, no voy a hacer su tarea, porque los que tienen que empezar a leer como escritores son ustedes. Quiero que agarren a sus maestros de tapa dura o blanda en los que pensaron la semana pasada leyendo su newsletter y traten de buscar metáforas y símiles que les llamen la atención. Están ahí, puedo asegurarlo, porque todos los escritores caen (caemos, digo, porque tengo que recordar que yo soy una de ellos, y ustedes también porque escritor es quien escribe y nosotros escribimos) en esas hermosas figuras literarias. Busquen diez, anótenlas en un cuaderno, traten de pensar cómo ese escritor llegó a formularlas.
Yo puedo contarles como intento escribir usando figuras literarias, porque quizás les sirve. Antes que nada, les cuento que jamás aparecen en mi primer borrador. Si lo hacen, siempre termino modificándolas para buscar alguna mejor. Mi mente naturalmente cae en el cliché y yo trato de evitarlos a toda costa, porque si quiero que alguien me lea a mí, una escritora desconocida sin ningún respaldo o renombre, tengo que hacer un esfuerzo para atraerlos hacia mi lado del ring. Por eso, mis primeros borradores son simples, casi fácticos. Voy a darles un ejemplo con un breve párrafo:

Rodrigo se había pasado toda la tarde limpiando el departamento. Ya no quedaba ninguna pertenencia de María, o al menos eso creía él. Cuando abrió el placard del baño, se encontró con un cepillo de cerdas naturales. Él ignoraba este último dato, de hecho quizás podría haber llegado a llamarlo peine. Entrelazados entre sí, todavía quedaban algunos pelos rubios.

Para embellecer este párrafo con metáforas, yo identifico sustantivos y pienso qué equivalentes podría encontrar para reemplazarlos. Me quedo con “departamento” y “pertenencia”. Para agregar símiles, trato de poner objetos o entidades en situaciones que se correspondan a la que están viviendo. Elijo a los pelos en el cepillo y pienso cómo se sentirían si fuesen personas, qué posición están ocupando y qué otro objeto o entidad ocupa esa misma situación, qué imagen visual se me viene a la cabeza cuando pienso en ellos. El resultado es más o menos este:

Rodrigo se había pasado toda la tarde limpiando el escenario sobre el cuál su historia de amor había bailado un último tango. Ya no quedaba ninguna migaja suelta que lo llevara de vuelta a María, o al menos eso creía él. Cuando abrió el placard del baño, se encontró con un cepillo de cerdas naturales. Él ignoraba este último dato, de hecho quizás podría haber llegado a llamarlo peine. Todavía quedaban algunos pelos rubios entrelazados entre sí, como huérfanos asustados que se mantienen juntos después de ser abandonados.

¿O no que queda un poco más lindo? Yo opino que sí, ustedes pueden opinar que no. Es hermosa la escritura porque, como también sucede con esas peleas de pareja que se dan a las cinco de la mañana sobre un tema que ninguno termina de identificar, nadie tiene razón. A continuación les dejo algunas apreciaciones personales que no tienen que respetar si no quieren:

  • Mientras las metáforas no se mezclen (o sea, que no se refieran a la misma entidad de dos o más formas, no llamen al departamento un escenario y después un galpón y después un océano vasto) pueden usarlas a diestra y siniestra. La clave está en no marear al lector. Con los símiles, es mejor ir con cuidado para evitar la repetición de la palabra “como”.
  • Elijan situaciones compartidas casi universalmente. Por ejemplo, todos leímos o sabemos de qué trata Hansel y Gretel, por eso la metáfora de las migajas funciona. La metáfora del escenario, en cambio, necesitaría quizás un poco de clarificación antes o después, ya que no queda claro que estoy hablando de un departamento. Si yo dijera que alguien tiene el pelo como mi hermano, pero no explico cómo tiene el pelo mi hermano, entonces no estoy ayudando a que el lector tenga una imagen más clara y vívida de mi personaje.
  • A mí personalmente me gusta un decorado sutil con personalidad, el equivalente al comedor de mi mejor amiga que tiene sillas de distintos estampados y una mesa fuerte de madera oscura y patas de hierro. Con esto digo que si bien podría haber usado más figuras literarias, me quedo con algunas, las justas y necesarias, para darme gustos sin empacharme.

Como último ejercicio de este apartado, me gustaría que volvieran a un párrafo que les guste de algún texto que estén trabajando y le pasen una capa de chapa y pintura. Si no están trabajando en nada, sigan mi historia sobre Rodrigo y María. Si se animan, agarren el párrafo original y decórenlo a su manera antes de continuar. Escriban por 5 minutos y editen  (o decoren) por 10. Pónganse un jardinero cómodo y disfruten decorando. Diviértanse, relajen, escuchen un tema de Tan Biónica.

Palabras en aislamiento

Lo que sea que yo haya sido, no era lo que ellos querían. Eso dice la imagen  del encabezado y eso dije yo muchas veces. Lo que sea que yo haya sido, lo que sea que hayan leído en mis historias, si de rechazo hablamos, yo encontré mucho. Dudo que les interese saber sobre mi vida amorosa y, si tengo que ser honesta, a esta altura dejó de interesarme a mí, así que no voy a seguir contándoles de esa faceta, pero sí voy a hablarles de las veces que mis palabras no fueron suficientes para que alguien se quedara a leerlas. Voy a empezar por decirles que duele, claro que duele. Todos venimos a este mundo a ser amados, nadie persigue un propósito si no busca eventualmente compartir los frutos con el mundo. De ahí surgen los miedos y esas lomas de burro que nos hacen ir más lento: alcanza con imaginar un lector sentado frente a nuestro texto para que nos agarre muchísima vergüenza y nos quitemos el lujo de convertir nuestra idea en algo concreto. Y déjenme decirles, yo no sé si realmente estoy capacitada para dar talleres de escritura, pero si en algún momento a alguno le interesa un taller sobre tener vergüenza, den por seguro que conmigo tendrán la mejor profesora.
Lo que sea que escribí, no era lo que ellos querían. Como ejercicio les pediría que traten de pensar qué está mal en esa oración. No, no son los tiempos verbales, aunque pueden venir a corregirme eso sin problemas porque no soy una experta en gramática española. Tampoco es la actitud  de terceros de no querer lo que yo escribo. Nadie está obligado a quererlos a ustedes o a sus creaciones. No hay peor frase que "él se lo pierde" y me lo han dicho millones de veces después de las millones de oportunidades en las que un chico no quiso salir conmigo. ¿Qué clase de soberbia nos hizo creer que si alguien no nos elige es porque tiene el criterio confundido? Y acá disculpen mi lenguaje pero, ¿quién carajo nos creemos que somos para decir que si alguien no cae a nuestros pies está dejando ir la oportunidad de su vida?  No, el error de esa frase es justamente la primera parte, ese "lo que sea que escribí". El centro de todos los males no está en que alguien no nos quiera, sino en que nosotros no sepamos quienes somos. Permiso, quiero expandir, me paso al próximo párrafo.
Frente al rechazo, lo primero que encontramos es dolor. Si compartimos ese dolor con alguien, lo vamos a poner en una posición en la cual van a intentar taparlo con parches para calmarnos. De ahí sale ese "él se lo pierde" o, como me dijo una vez mi amiga Victoria, "cuando tenga cuarenta años, él va a acordarse de vos y se va a querer matar por dejarte ir". Si ustedes creen que alguien tan dramático como yo vive en un vacío, están equivocados, mi vida es una comunidad de lágrimas y frases sobre sentidas. A mí me han rechazado muchas veces pero a mis pobre palabras las han rechazado más. Me han mandado mails diciendo que, lamentablemente, han decidido ir con un autor que se correspondía más con la identidad de la revista o que, sorpresivamente, han recibido muchas contribuciones y no, la mía no estuvo entre las seleccionadas y claro también me han dicho que tristemente, si bien el adelanto que les mandé les había gustado, la forma en la que ejecuté la idea no les pareció adecuada. (La gente usa muchísimos adverbios para decirte que no te quieren, creo que esa es la parte más molesta del rechazo.) Y sí, muchísimas de esas veces mis seres queridos me han consolado con un "no les des bola, ellos se lo pierden", pero con el tiempo tuve que terminar de entender que, si bien esto es en parte real, porque mi arte vale la pena, también tengo que considerar que quizás ellos no tengan la culpa. 

El año pasado empecé un proceso de autoconocimiento que me hizo ir al fondo de lo que escribo y descubrir la esencia. Me di cuenta de que no podía seguir diciendo "lo que sea que escribo" y pretender que la gente entendiera. Dividí mis trabajos entre los posts que hacía en Instagram, las historias cortas que mandaba a publicaciones y la novela que tengo en proceso. Mis posts llegaban a un cierto número de personas, digamos más de doscientas seguro. Mis historias, en cambio, llegaban sólo a algunos editores que no las disfrutaron mucho. Mi novela, en el otro extremo del plano, sólo existía para mí. En Instagram yo decía lo que quería decir, más o menos como en este newsletter, porque en las redes poner puntos y comas ya te hace parecer pretencioso entonces es muy difícil imaginar a un señor con corbata de moño juzgándome por mis palabras. En mi novela yo me animé a ser la versión más cruda de mí misma, la idea de compartirla a una comunidad recién se me apareció años después de haberla empezado y así y todo quedó muy en el fondo. Recién ahora, que la estoy editando y tratando de adaptar ciertas cosas para que el resultado final sea apto para una publicación, me encuentro con la vergüenza y el miedo que quizás deberían haber aparecido antes. Mis posts y mi novela tienen algo en común, a pesar de que ellos sean muestras desvergonzadas de mi alma y ella, por el contrario, viva en el lugar más preciado y secreto de mi computadora, lejos de cualquier atisbo de crítica o alabanza. (Sí, me refiero a ellos y a ella como si fueran mis amigos, porque lo son.) Los dos tipos de escritura comparten algo que mis historias cortas no tienen: una identidad, la mía, de forma pura y valiente. Yo sé quién soy cuando escribo algo corto sobre mi gata y lo subo a las redes, yo sé quién soy cuando articulo capítulos para contar esa historia que vive en mí hace tanto tiempo. Yo sé quién soy, sé a qué clase de persona le puede gustar y comprendo a aquellos que me dicen que no se sintieron conmovidos por mis creaciones. ¿Por qué? Porque yo me sentí conmovida, porque a mí me gustó escribirlo y me gusta releerlo una y otra vez como si fuera un lector que recién se encuentra con Juana. Jamás diría "ellos se lo pierden" porque entiendo que ese pensamiento está errado, que lo que corresponde pensar es "a ver quién quiere aprovecharlo". Dicho con un paralelismo, si hoy me rechazara incluso el chico más increíble de la tierra, mi primer pensamiento sería "bueno, claramente no era el chico para mí, sólo falta un poco más para que lo encuentre". Mentira, mi primer pensamiento sería algo que no puedo escribir en un newsletter tan puro y lindo, imaginen una serie de improperios y mucho llanto con moco. Pero después de eso, mi segundo pensamiento sería humilde y esperanzador. Bueno, quizás el tercero, porque el segundo siempre incluye comer arroz en la cama mientras lloro. Eventualmente se llega a la aceptación ¿sí?
Ahora bien, ¿qué pasa con mis historias? Pasa que las amo, porque son como pequeños niños llenos de energía que llegaron a mi vida de las formas más impensadas y se quedaron para alegrarme y llevarme en aventuras que jamás pensé vivir. Son espontáneas, son distintas y son completamente irreverentes. Jamás me explicaron qué quieren ser y yo no les pedí que lo hicieran. Pero claro, mi identidad cuando me siento a jugar con ellas se desdibuja. No sé quién soy cuando escribo historias. A veces soy una chica enamorada, a veces soy una persona retorcida y turbia, a veces parezco estar condicionada por un estupefaciente y a veces me siento un periodista. Soy un montón de Juanas y no termino de ser ninguna. Y esto estaría bien, si realmente me permitiera tener ese lugar de libertad, pero como mi necesidad de expresarme y tener una audiencia me hicieron exponer mis historias al mundo, ellas se tuvieron que adaptar a mis miedos y a mi vergüenza antes de estar listas para hacerlo. Porque claro que todo cambia cuando sabés que alguien te va a leer. Intentás alcanzar niveles de perfección que ni siquiera existen mientras mantenés la frescura que en realidad tampoco tenés cuando escribís en tu diario. Hay un nivel de exigencia que no te lleva a la gloria, sino que desdibuja tu propósito que recién estabas empezando a bocetar. Y claro, una persona que no nos conoce, nos va a juzgar por nuestras palabras, que es lo único que puede leer de nosotros, y esa desorganización va a traspasar la hoja y va a pasearse como si fuese un circo frente a los ojos de ese lector. Van a descubrir nuestra impaciencia, nuestra sed de reconocimiento sin habernos reconocido primero nosotros, nuestro afán por querer ser alguien sin entender realmente quién. Dicho de otra forma, y siguiendo con los paralelismos hechos con las citas, es el equivalente a que quieras empezar una relación en el medio de una crisis de identidad. No sabés qué le podés ofrecer a la otra persona, pero en parte esperás que ella te ayude a lograrlo. Y yo, sentada en una mesa frente a un chico así, lo primero que veo es la cantidad inmensa de trabajo que falta para que realmente logre conocerse a sí mismo y pueda estar en paz. Y no, yo no quiero ni puedo hacer ese trabajo por alguien, le corresponde a él arrancar terapia o irse de mochilero para encontrarse a sí mismo. De la misma manera, un editor no nos puede ayudar a encontrar nuestra seguridad con su aprobación. Muchas veces, lo que le falta a nuestras historias es algo obvio que salta a la vista, y no haberlo encontrado por nosotros mismos sólo demuestra vagancia o quizás debilidad. Ese trabajo tenemos que hacerlo solos.
No me queda mucho más para decirles sobre este tema, lo cual tiene lógica porque le vengo dando vueltas hace siglos. En conclusión, el feedback es necesario, pero sólo cuando ya agotamos el feedback propio. Cuando ya estamos seguros de lo que queremos decir, cuando sabemos quienes somos, cuando podemos describir nuestra historia en una oración y explicar su esencia, ahí podemos compartirla. Hacerlo antes es como levantar la cuarentena después de una semana. Todo el esfuerzo termina siendo en vano. 

Lo que me enseñó San Valentín

Les prometí que no iba a ponerme en autorreferencial pero no puedo evitarlo. Creo que cualquier concepto abstracto cobra sentido si uno lo aplica a una historia concreta que pueda ayudar a que se entienda. Hoy  quiero contarles por qué pienso que la frase "no tengo nada sobre qué escribir" tiene que estar erradicada de su vocabulario y para eso les voy a contar dos historias, una es sobre amor y la otra sobre ideas. A mí me gusta creer que las ideas son la forma que tiene el universo de demostrarnos que nos ama, así que quizás las dos hablen de lo mismo.
La primera historia es del 14 de febrero, pero en realidad comenzó mucho antes. Para los que no me conocen, les cuento que yo tengo una relación rara con las relaciones. Quiero compañía pero soy autosuficiente, quiero enamorarme de alguien por su alma pero rechazo gente porque no me gusta su corte de pelo, quiero un tipo ambicioso pero si miran mi historial de gente con la que salí no van a encontrar a alguien que aspire a más que pagarse un fernet el sábado. Con los años comprendí que, a pesar de decir por todos lados que yo quería una pareja, hacía todo para estar sola. No me arrepiento, porque estar sola era lo que realmente necesitaba pero, hace algunos meses, empecé a cubrir esa necesidad de espacio con los huecos enormes que esta ciudad deja a mi alrededor y logré reconocer que ya estoy lista para abrirme a alguien más. Con las ideas me pasó algo similar. Yo creía estar completamente abierta a la inspiración, anunciaba que mi vida era creativa y llena de arte, pero cuando tenía un ratito libre usaba el celular para mirar memes en twitter en lugar de leer y gastaba plata en cervezas que tomaba cerca de gente que ni siquiera me caía bien en lugar de comprarme una entrada para una charla con autores que me encantaban. Pero claro, unos meses después de llegar a esta ciudad y sentirme alejada de todas las cosas y personas que me hacían conectarme conmigo misma, reconocí que necesitaba algo más. Necesitaba que la inspiración no fuese un regalito que me hacía cada tanto sino un estilo de vida que me acompañara a cada paso. 
Bueno, volvamos al amor, que seguramente aburre a los que vinieron acá a que les diga como escribir una metáfora y fascina a los que tienen puestos los ruleros espirituales de vecina chusma. Lo que nadie te dice de Londres, es que está llena de gente pero conocer a alguien es más difícil que hacerlo en un bar de Capitán Bermúdez. Nadie tiene tiempo, todos viven lejos, cuando te juntás con un amigo al que hace mucho que no ves no querés ponerte a hablar con la chica de al lado que tampoco quiere ponerse a hablar con vos porque después de mucho tiempo logró hacerse un lugar en su agenda para ver a su amiga. Es una ciudad de vínculos pero no necesariamente amorosos y todos, incluso los que tienen pareja, tenemos momentos en los que nos sentimos solos. Por suerte, Londres también es sensible y entiende qué es eso que nos hace falta. Por eso, los recursos y eventos para conocer a alguien sobran y la predisposición para usarlos es increíble. Al contrario de Rosario, el deseo de conocer al amor de tu vida está aceptado, nadie te va a decir "qué virgo, bro" si contás que hace tres meses sólo te acostás con una sola persona. En octubre, cuando reconocí que ya no quería estar más sola, empecé a llamar al amor haciendo uso y abuso de todo lo que Londres me ofrecía.  Me hice una cuenta en una app de citas, dejé de revolear los ojos cuando mis amigos me ofrecían presentarme a alguien y me pasé horas mirando todas las comedias románticas habidas y por haber, para ver si así atraía mi propio Hugh Grant. No lo hacía con desesperación sino con constancia. Había reconocido una falencia y estaba, con paso tranquilo pero seguro, abriéndome a recibir lo que el universo, o Londres, me iba a mandar para suplirla. Con las ideas hice más o menos lo mismo. Me anoté en cursos de escritura, en clubes de lectura, pasaba toda mi semana buscando actividades interesantes que hacer, me compraba libros que me recomendaban y llevaba un cuaderno a todos lados para asegurarme de que ninguna historia, por más corta que fuera, se me escapara. 

Les dije que empecé con esta nueva actitud de aceptar una pareja en octubre y sin embargo mi recompensa llegó en San Valentín. Con la inspiración tarde mucho en consolidar una relación, ya que empecé con mi viaje en busca de la creatividad en julio y recién ahora a fines de abril puedo encontrarme con algunos frutos dignos de ser leídos. Pero yo entendí, no me impacienté, porque sabía que faltaba mucho tiempo para que me deshiciera de todos los escombros que había usado en su momento para tapar cualquier camino que me llevara a encontrar un compañero o una historia para contar. Cada día que pasaba yo me deshacía de un hábito o un preconcepto, pero estos volvían cada tanto, camuflándose sin que yo me diera cuenta, y de pronto me encontraba  tachando párrafos enteros como una desquiciada, sufriendo porque era muy mala en mi única pasión o llorando en la cama comiendo arroz mientras llamaba a mi amiga Paloma y le decía que no quería hablar con un hombre nunca más en mi vida. Es ilógico pensar que tantos años de tirar tierra a un pozo pueden ser solucionados con un mensaje de Tinder o un cafecito en un bar leyendo Mrs Dalloway. El mundo es de los valientes y los que se esfuerzan, y para que el mundo me diera lo que yo quería tenía que ser valiente y esforzarme. No un día, no una noche, sino el tiempo suficiente para acabar con esos hábitos que me hacían encerrarme en el miedo y la vergüenza.
El 14 de febrero, mis amigas me invitaron a ir a un bar a hacer speed dating. Speed dating consiste en hablar con un hombre por cinco minutos y repetir este proceso con veinte hombres más. Acepté, obviamente, porque me parecía la forma más divertida de pasar San Valentín. Lo hice irónicamente, porque bajo ningún concepto se me ocurrió que una situación tan obvia y controlada podía realmente traer algo genuino. En una situación bastante parecida, hace poco empecé a leer El Camino del Artista, de Julia Cameron. Me lo recomendó mi amigo Joan que no podía creer que yo no lo hubiese leído. Y tengo que decir que, tal y como sucedió con esa noche de speed dating, acepté hacerlo con un poco de soberbia. Me rehusaba a creer que en un libro que todo el mundo leía yo podía encontrar un tesoro que sólo habitaba en mí. Pero claro, algo que como escritora debería haber sabido de antemano antes de embarcarme en esas dos aventuras, era que los clichés son efectivos y se usan porque funcionan.
El primer chico con el que hablé ese viernes me pareció lindo y simpático, el segundo y el tercero me hicieron reír un poco y para el cuarto ya estaba fascinada con la experiencia, sabiendo que algún día iba a escribir sobre esa situación y contar cuán ridículo pero divertido era intentar conocer a alguien por cinco minutos. Cuando llegó el quinto chico, un inglés de mil pies de altura y una capacidad para hacer reír que sólo he visto en comediantes, yo había logrado conectar con mi esencia y ser yo misma,  casi como pasó con este quinto newsletter. Los cinco minutos no fueron suficientes y yo me pasé toda la noche hablando con otros pero mirándolo a él. Prometí no aburrirlos con mi historia de vida, así que acá voy a cortar con los detalles, pero como moraleja final les digo que no subestimen a una noche de speed dating, porque pueden terminar a la mañana siguiente yendo a desayunar de la mano con alguien que casualmente se sabe todas las líneas de su película favorita, o incluso algunos meses después, con las barreras más bajas de lo que creyeron que podían tenerlas alguna vez, mandándole helado en plena pandemia a un chico que reúne cualidades que ustedes ni siquiera pensaron que existían por separado y mucho menos juntas.
Con el libro de Julia Cameron, me pasó algo muy similar. El primer día completé mis morning pages (páginas que uno escribe apenas se despierta) con hastío. "Las cortinas son grises, tengo sueño, la pandemia me tiene cansada". El segundo surgieron algunas imágenes interesantes, el tercero las perseguí desde que me desperté con mucho entusiasmo, para el quinto día tenía un personaje muy definido, un lugar descripto con lujo de detalles y medio cuento escrito. Por eso, tanto si se sienten solos y si la inspiración les falta, la respuesta siempre es una: salir a buscar, trabajar, tener constancia y estar comprometido. Hay que abrirse a las experiencias, abrirse a sus verdaderas necesidades y abrirse a lo que realmente necesitan, sin sentirse mal por reconocer que hay algo que les falta.

Nos seguimos leyendo

Una semana más ha llegado a su fin y un newsletter también se nos va. Mientras la cuarentena dure, acá me tendrán, y cuando se termine, se seguirán teniendo a ustedes. Muchos me escribieron preguntando cómo hacer para tener un compañero creativo. Por cuestiones organizativas, las parejas se armarán una vez por mes, así que en algunas semanas estén seguros de leer el newsletter hasta el final para poder anotarse. Les prometí una alternativa al curso para los que no pueden pagarlo y les voy a contar más novedades de eso la semana que viene. Para los que todavía quieran anotarse a los talleres que empiezan el jueves a las 15 hs y el sábado a las 12 del mediodía, apúrense a escribirme por mail antes de que se acaben los cupos. El curso del martes se agotó en tiempo récord y yo ya tengo ganas de conocer a mis alumnos entusiasmados! Por si todavía están indecisos, les dejo un comentario de una de mis alumnas que mañana sábado se gradúa del primer nivel del curso y eligió seguir por cuatro clases más para explotar con más ganas sus talentos ya increíbles:

"Quiero hacer el curso parte dos, más vale. Hace bocha no me pasaba esto de estar tan contenta con un taller. No suelo anotarme en cosas donde no conozco a nadie porque siempre tengo miedo de que me juzguen por ello pero estas dos semanas lo que más me sentí fue cómoda y acompañada en el sentimiento de querer crear algo que a veces queda trabado entre las manos y el cerebro. Estoy muy contenta."


Para los que no quieren hacer el curso estos apartados deben ser un bodrio, pero bueno, lo siento, yo no quiero que quede ningún alma maravillosa que podría encontrar su lugar con un grupo de otras almas maravillosas.
Cuídense mucho, usen sus quince minutos para escribir, leer, comerse una tostada o cualquier cosa que les haga bien.
Les mando un beso grande.
Nos seguimos leyendo,
Juani

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