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A GIRL AND A BOOK
Noviembre, 2021
Conseguir un estilo sencillo y cotidiano es más difícil de lo que parece. La diferencia entre escribir como un estudiante de A1 de un idioma haciendo una redacción para clase y escribir como, yo qué sé, Natalia Ginzburg, es evidente y abismal, pero lo que hay justo en el centro se vuelve un terreno más inestable, porque los límites entre la simpleza y la sencillez no están tan claros (¿hay una frontera o es algo subjetivo y depende de los gustos de quien lee?). Pero no voy a hablar de Natalia Ginzburg (aunque podría haberlo hecho, porque esta newsletter cumple tres años y la primera de todas empezó con ella, y en general porque Natalia Ginzburg es adorada esta casa), y sí voy a hablar de otra persona que también alcanza muy bien la sencillez. Leer y dormir, de Gonzalo Maier, lo conforman textos muy cortitos, ensayos muy personales de alguien que lee (y que lee mucho) y se dedica a la literatura. Yo me los imagino como textos en pijama, quizá impulsada por el título, pero sobre todo porque no pretenden demostrar erudición ni quedar por encima; y es un pijama bonito, elegante, con la parte de arriba a conjunto con la de abajo, nada de camisetas con agujeros y pantalones de chándal dados de sí: son textos muy cuidados. Maier es capaz de describir de una manera casi mágica la compra de unos lápices que solo van a ser utilizados para subrayar libros, o de hacer que dormirse en el cine parezca incluso una actividad deseable, algo que poner en práctica como quien se pone a hacer ejercicio. Tiene un sentido del humor muy sutil y la cualidad de hacer que, sin importar las digresiones dentro de un mismo texto, todo encaje a la perfección.  
Dice Linn Ullmann en Los inquietos: «Yo quería ser adulta lo antes posible, no me gustaba ser una niña, me daban miedo los demás niños, su ingenio, su imprevisibilidad, sus juegos». Leí hace tiempo en otro libro que no he conseguido recordar —lo cual me da muchísima rabia— que lo normal, claro, es que todos los niños quieran dejar de serlo, porque un niño que quiere seguir siendo niño es ya un niño viejo. Pero, como dice también Ullmann, cuando eres pequeña no piensas que el resto de niñas se parezcan a ti, no crees que nadie se parezca a ti, y esto supongo que es sobre todo cierto para quienes hemos sido niñas solitarias. Aunque podríamos admitir que, al menos en parte, como ella desde luego que no había ninguna otra niña, pues es la hija de Ingmar Bergman y Liv Ullmann, y eso ya es empezar fuerte. Durante los últimos años de la vida de él, planearon un proyecto conjunto entre padre e hija: grabarían una serie de conversaciones y luego las convertirían en un libro. Pero cuando empezaron la salud de Bergman ya estaba muy deteriorada y nunca lo terminaron, y las seis grabaciones que consiguieron quedaron olvidadas hasta que, varios años después de la muerte de su padre, Ullmann se atreve a volver a escucharlas. Algunos fragmentos aparecen en Los inquietos, que no es tanto una autobiografía como una mezcla entre la historia de un duelo y algunos recuerdos de la infancia. El relato no es cronológico, Ullmann salta de sus veranos de niña con su padre en Hammars, en la isla de Gotland, o las mudanzas con su madre a Estados Unidos, a los años previos a la muerte de Bergman y los instantes justo después. Ullmann escribe sobre él con ternura y claridad, pero también reconoce sus lagunas y no tiene intención tampoco de hacer un retrato que lo represente de manera muy fiel a él o a la relación entre ambos, porque sabe que la memoria no funciona así. Él, ella misma y la madre se convierten en personajes, en los protagonistas de los recuerdos que va trazando Ullmann, y que no son recuerdos sobre Bergman el gran director de cine sueco, el maestro, el que cuando acaba de morir ya va gente a visitar su casa, sino simplemente sobre su padre, aunque a veces ambas facetas sean inseparables. 
COSAS QUE HE VISTO QUE HE OÍDO QUE HE LEÍDO Y QUE NO SON LIBROS
  • Fui a ver (por fin) Petite Maman un lunes que llovía muchísimo y tuve la sala completamente para mí sola, perfecto para verla tranquilita y pasármela entera en ese momento de justo antes de empezar a llorar. Es preciosa. 
  • Me cuesta a veces no hundirme en el pozo del pesimismo respecto a la crisis climática, principalmente porque soy una persona pesimista en general y tiendo a hundirme en todos los pozos que haya, pero por suerte existe gente listísima como Rebecca Solnit. Está bien tener a mano este artículo suyo —que compartió hace unos días la siempre maravillosa Lecturas en Común— para cuando sea necesario dar un empujoncito a la esperanza.
  • Referirse a los suecos como fríos o cerrados es aburrido, sobre todo cuando se les podría estereotipar por algo mucho mejor: su miedo a los conflictos. Y si se huye de ellos, los problemas se meten debajo de la alfombra y puedes hacer como que no los ves, pero siguen ahí. El protagonista de Gösta va mucho más allá de eso, porque además es incapaz de no ayudar a cualquiera que lo necesite (una pobre anciana o el que le está robando la bici) o de decir que no a cualquier cosa que se le eche encima. Eso, evidentemente, es insostenible y los doce capítulos que dura la serie parece que van sumando a ver dónde está el límite. Es divertida, no de reírte a carcajadas pero sí de alegrarte por estar viéndolo todo y no viviéndolo. 
Imagen de portada: Oda med lampe (1879), Christian Krohg
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