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Tres para el desarrollo

Hola, bienvenido a una nueva edición de Crecimiento Negativo, el Newsletter de política económica de Revista Primera Generación. Si seguiste los dos anteriores (y si no lo hiciste te lo voy a contar ahora) sabrás que en esta edición finaliza una especie de triada argumentativa, la primera de este ciclo, y que incluye los temas desarrollo, igualdad e intervención estatal.
 
Como te comenté hace 15 días, en esta oportunidad vamos a revisar un poco dos argumentos esgrimido por el liberalismo, el primero sostiene que los elevados niveles de desigualdad son necesarios para que la ambición económica de los sujetos genere progreso, y el segundo, que viene muy pegadito, asegura que cuanto menor es la intervención estatal mas puede desarrollarse esa ambición que trae consigo al progreso.
 
Para poner esto en duda, es fundamental analizar el periodo de la 2da posguerra, donde los Estados asumieron buena parte del control de las economías nacionales, y a partir de allí se vivieron 30 años de bonanza, al menos en el primer mundo. Uno de los elementos fundamentales fue un aceitado sistema impositivo, con gran progresividad, que permitió mejorar el bienestar general.

En EEUU, el tope del impuesto sobre la renta de personas físicas (IRPF) alcanzo cifras cercanas a 90% en su escala máxima en la década de 1950, para luego ir bajando hasta situarse actualmente cerca del 30%, niveles parecidos a los de un trabajador común. Un caso paradigmático de esto es que el año Amazon, cuyo dueño es Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo, pago un total de 0 dólares de impuestos en 2017 y 2018. Si, escuchaste bien, no pagó absolutamente nada.  Esto sucede porque las compañías pagan buenos equipos legales que encuentran grietas en el sistema, litigan y terminan ganando.

Por otra parte, el gobierno de Trump redujo en 2017 un ya alicaído impuesto corporativo (el que pagan las empresas. Este impuesto había alcanzado el 50% en la década del 50, para luego comenzar una caída libre, que se detuvo apenas en el gobierno de Obama, para alcanzar un piso de 21% actualmente.
¿Es cierto que menor intervención y mayor desigualdad fomentan el crecimiento económico? Comparemos lo que sucedió con la primera potencia mundial a lo largo de las décadas. El PBI per cápita se duplico entre 1940 y 1960 (periodo de fuerte intervención). En los 70 comenzaron una serie de desregulaciones en beneficio del capital sobre el trabajo, y mientras la productividad siguió aumentando, los salarios de las mayorías se vieron rezagados. Esto se debía, según algunos economistas, al agotamiento del modelo Keynesiano y los altos impuestos, por lo que estos comenzaron a ir a la baja, tanto para los ingresos como para las corporaciones. Sin embargo, entre 1960 y 1980 la economía creció la mitad, y si desglosamos el crecimiento de 50% en ese periodo, el PBI per cápita crece 33% entre 1960 y 1970 y tan solo 13% entre 1970 y 1980.

¿Qué sucede a partir de los 80, cuando las reformas liberales ya habían madurado? Obviamente los impuestos continúan a la baja, las ganancias de las grandes empresas y la productividad al alza, sin embargo, entre 1980 y 2000 el PBI vuelve a crecer 25% (igual que en 1960 – 1980) por lo que las reducciones impositivas y la disminución del rol del Estado no se tradujeron en mayor crecimiento de la economía en su conjunto. Sin embargo, como vimos en el primer Newsletter, tuvieron como resultado un aumento de la desigualdad, ya que, ante un crecimiento similar, los sectores más ricos de la sociedad obtuvieron un mayor porcentaje de los ingresos. Finalmente, las décadas que van desde el 2000 al 2020 representarán un crecimiento estimado del 15% del PBI, evidenciando un claro estancamiento.
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¿Y por casa como andamos?

Como te comenté en la primera edición, la idea de este newsletter es ir de lo general a lo particular. Como toda economía es economía política, podemos trasladar estos debates al plano nacional, y este es un buen momento para hacerlo.

Desde que arrancó la pandemia, el gobierno intentó sin éxito expropiar la cerealera Vicentín, actor clave en la exportación de granos, planteó la idea de implementar un impuesto a las grandes fortunas, y finalmente el viernes pasado emitió un decreto para regular el mercado de las telecomunicaciones, otorgándoles el estatus servicio público, ya que son necesarias para el acceso a la cultura, la educación y el conocimiento, considerados derechos básicos.

Vemos entonces que dos de estas medidas buscan intervenir en el mercado en cuanto a la producción de vienes y servicios y la tercera aborda la problemática de la distribución del ingreso. Todas ellas reciben críticas desde los sectores que, basándose en los diversos argumentos que hemos trabajado en estas publicaciones, aseguran que las políticas que el gobierno intenta implementar desincentivarán la inversión, buscan generar odio de clase o atentan contra la seguridad jurídica y la propiedad.
Sin embargo, estas afirmaciones no tienen sustento, ya que ningún país ha logrado bonanza económica simplemente dejando actuar a las fuerzas del mercado. La intervención estatal en sectores económicos clave (como la agroindustria en el caso argentino), una política planificada en torno a la oferta de servicios e insumos (en este caso acceso a internet / comunicaciones) y una buena política de distribución de la riqueza constituyen la triada que ha traccionado el desarrollo en diversas latitudes.
Para no aburrirlos mucho más, les dejo un breve ejemplo sobre el sudeste asiático, región constantemente alabada por los liberales, que han creado una fantasía en la que el libre mercado ha permitido a los tigres asiáticos dejar atrás la pobreza y el subdesarrollo en tiempo récord. Lo cierto es que en esos Estados la economía ha sido fuertemente planificada, dando importancia al sector privado, pero al mismo tiemplo negociando con el e incluso disciplinándolo.

Veamos algunos de los requisitos para que las empresas accedan a subsidios estatales en la industria de alta tecnología en Taiwán en 1980:[i]
  • La empresa debía ser capaz de diseñar productos para su fabricación según un plan estratégico empresarial;
  • Debía fabricar productos cuyo proceso de investigación y desarrollo todavía estuviera en evolución;
  • Después de tres años de comercializar un producto o un servicio, al menos el 50% del personal debería estar compuesto por técnicos de origen local
  • Contribuir significativamente a la reconstrucción económica de Taiwán
  • Demostrar que tenían un departamento de investigación en funcionamiento, y documentar logros sustanciales en materia de investigación y desarrollo.
Además, una vez que el desarrollo tenía éxito la propiedad intelectual era repartida 50 y 50 con el Ministerio de economía, ya que éste había contribuido a desarrollar el producto.  Además, en el caso de que luego de un periodo de tiempo la empresa fracasara en el proyecto, esta perdía todo derecho de propiedad y además debía reintegrar al Estado el dinero invertido.

Ejemplos de alianzas estratégicas entre Estado, capital privado e institutos de I+D se repiten en todos los países desarrollados desde hace mucho tiempo, y no hay evidencia de que una sociedad pueda alcanzar un elevado nivel de vida para sus integrantes prescindiendo de ellos.

Espero les haya resultado interesante, cuando nos volvamos a encontrar en 15 días, estaremos abordando más de cerca el sorprendente desarrollo del sudeste asiático, el rol del Estado, la inversión en I+D, y la evolución de las capacidades tecnológicas de sus economías. ¡Hasta entonces!

 


Emiliano Delucchi

Soy periodista y licenciado en comunicación social por la UNLaM, escribo sobre política, desarrollo económico y alguna que otra cosa en Primera Generación.. Si te gustó el artículo podes invitarme un cafecito, también podes hacer un pequeño aporte a la revista aquí
 
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