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La necesidad de la participación estudiantil

por Facundo Ariel Pajon (@facupajon1)

 
¡Buen lunes!, ¿cómo están? Les deseo un muy buen comienzo de semana,  a pesar de todo lo que estamos viviendo... En la edición pasada de DemocratizAR la Educación, conversamos acerca de la importancia de acompañar la trayectoria educativa de cada estudiante a lo largo de toda su vida escolar. El abandono educativo y la repitencia son problemáticas a las que nos enfrentamos cotidianamente en cada establecimiento educativo, y que tanto los tomadores de decisiones estatales como los escolares, deben abordar y solucionar mediante diversas y originales acciones. En este caso la omisión, entendida en términos de Oszlak y O’Donnell, no es un camino viable y siguiendo un criterio propio, no posibilita la garantía de ningún derecho.

En este sentido, les había propuesto tres caminos a desandar en estas conversaciones quincenales que vamos teniendo. Sin embargo, y aprovechando un poco la semana del estudiante y de las juventudes, considero que es un momento oportuno para conversar sobre un tema que interesa, al mismo tiempo que preocupa, al mundo adulto: la participación estudiantil.

Ahora bien, ¿de qué hablamos cuando hablamos de participación estudiantil? ¿Hablamos de estudiantes que son cooptados por ideologías que intentan imponerse dentro de la “pureza y objetividad” del mundo educativo”? ¿O hablamos de tomas de colegios, sentadas u oposición a todo aquello que el mundo adulto considera de vital importancia enseñar? ¿O tal vez estemos hablando sobre marchas organizadas, movilizaciones, pintadas y hasta insultos televisivos a Eduardo Feinmann...? Bueno, creo que Sartori diría que esa es la aldea socialmente globalizada difundida por los medios que el mundo adulto ha creado, o que los intereses capitalistas han creado, acerca de lo qué hablamos cuando hablamos de participación estudiantil. No obstante, cabe destacar que la globalización televisiva sobre la visión porteña del mundo, es algo que federalmente impacta en los comportamientos socio-culturales de los diversos actores sociales. Pero eso es algo sobre lo que podemos conversar en alguna otra edición.

La participación y organización estudiantil es un tema sobre el cual el mundo educativo conversa desde hace muchos años. Y si bien tiene como íconos populares: sus marchas, tomas, banderazos y hechos reivindicativos como el histórico pedido del boleto estudiantil o atroces como la terrible noche de los lápices; institucionalmente puede ser vista como una herramienta de vital importancia, ayuda y garantía para una mejor gestión escolar.

 Podría hablar de las leyes nacionales y provinciales que desde hace más de 15 años promueven la existencia de centros de estudiantes en todo el territorio nacional, pero creo que es algo redundante y normativo que lamentablemente no ocurre en todas las escuelas del país. ¿Los motivos? Son varios. Pero digamos de algún modo que el mundo adulto le tiene “un poco de miedo” a la organización y participación estudiantil. ¿Los argumentos? Banales. Seguramente anclados en las ideas socialmente globalizadas que mencioné en párrafos anteriores, pero creo que todos ellos tienen un hilo común (si, como el hilo rojo) que los ata a un único y sólido argumento (o temor) final: tener que dar respuestas.

Desde hace 10 años me dedico, casi exclusivamente, a fomentar la participación estudiantil en los ámbitos educativos. Primero, como asesor dentro de la Secretaría de Juventud del Municipio de La Matanza; luego, como voluntario en Fundación SES y promotor de talleres de participación en la Semana por los Derechos de la Juventud, y finalmente, en Fundación Voz para una nueva Educación, en dónde aún continúo fomentando dichos lugares. Les puedo asegurar desde la experiencia, y también desde la teoría pero necesitaría un poco más de tiempo y caracteres, que la participación estudiantil dentro de los proyectos educativos escolares: mejora la trayectoria escolar, la calidad educativa y las relaciones institucionales, tanto entre pares como entre docentes, directivos y estudiantes.

Ahora bien, no existe absolutamente nada lineal en las ciencias sociales. En consecuencia, la argumentación dada anteriormente no puede ser tomada como una fórmula mágica al estilo de: “ah genial, todos los problemas de la educación se resuelven haciendo participar a les pibes”. No, claro que no. Porque las problemáticas sociales actuales son complejas y éstas, a su vez, ameritan respuestas complejas y soluciones diversas y heterogéneas. Es por ello que la pólvora, o la solución a las desigualdades educativas, no van a encontrarlas con la mera participación estudiantil, y mucho menos mediante un newsletter. Aunque sí, me gustaría que sirva de “ánimo” a perder el temor y comenzar a trabajar en conjunto. La transformación educativa, en palabras del gran Pepe Menéndez, no puede ser un camino de transmisión unidireccional; debe ser “el camino de retos por crear por descubrir”. Y el reto del siglo XXI sin lugar a dudas es la democratización educativa, dentro de todos los ámbitos escolares.

El tiempo de Continuidad Pedagógica en el marco del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, nos hizo comprender que los y las estudiantes también pueden producir y generar conocimiento. Nadie pone en cuestión la necesidad y la importancia vital del acompañamiento de los y las trabajadores docentes, pero la transmisión de conocimiento durante estos meses cambió. Hubo una atomización de las experiencias educativas, de la cual podremos hablar en otros momentos y que no considero abordable en esta edición, pero la colaboración fue necesaria para que el conocimiento pueda seguir siendo construido a través de la virtualidad.

Los lenguajes y los conocimientos debieron equipararse, y las experiencias en la utilización de las redes comunicacionales, también. El uso de WhatsApp, YouTube, Google Drive, Meet, Zoom, Jitsi, etc. fue descubierto a la par por estudiantes, docentes y equipo directivo, que en muchos casos, debieron consultarse cuál era la mejor herramienta a usar para mejorar la experiencia pedagógica. ¿Pero acaso esta pregunta no debería hacerse en cada principio de año en todos los establecimientos educativos? ¿Se imaginan qué sucedería si todos los establecimientos educativos tuvieran institucionalizados espacios de participación y toma de decisiones para encarar la estrategia  curricular y la política educativa?

Bueno, les cuento que hay escuelas que ya han avanzado en este sentido y que lo hacen cotidianamente. El Proyecto Educativo Institucional (PEI) es producido en muchos establecimientos con toda la comunidad educativa. Esto le permite al equipo directivo, tener un panorama más amplio y abarcativo de gestión escolar. Posibilitándoles diseñar, encarar y decidir de mejor modo las medidas a tomar sobre las problemáticas que van surgiendo con el paso de los años, y sobre las experiencias educativas de los diferentes ciclos.

En la próxima edición conversaremos respecto a las transformaciones educativas provinciales que han posibilitado estos cambios, como de experiencias propias que diferentes establecimientos han iniciado, y que no necesariamente se han “salido” de los estándares establecidos en los regímenes académicos.
 
¡Qué tengan una muy buena semana!
¡Feliz día del estudiante y las juventudes!
 

Facundo Ariel Pajon (@ facundopajon1)

Licenciado en Ciencia Política (UNLaM), estudiante de la Maestría en Políticas Administración de la Educación (UNTREF) Equipo de Coordinación en Fundación Voz. Si te gustó el artículo podes invitarme un cafecito , también podes hacer un pequeño aporte a la revista aquí
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